martes, 30 de diciembre de 2014

PLASTICIDAD CEREBRAL.

           La lucha de antaño entre partidarios de la influencia del entorno y los que creen en el peso de la herencia genética ha sido sustituida ahora por el descubrimiento de la plasticidad cerebral, basada en datos experimentales. Nuestro cerebro no ha sido conectado una vez por todas -desde luego, no en función de los genes al nacer- ni tampoco al final del proceso de crecimiento del cerebro cuando termina la pubertad, aunque resulte difícil negar el gran impacto en la vida adulta de lo que ocurre en aquellos años iniciales.  El cerebro cambia continuamente con la experiencia, que deja huellas indelebles y, por supuesto, los cambios ocurren a niveles diminutivos en lo que llamamos sinapsis, donde las neuronas entran en contacto unas con otras. Tenemos cin mil millones de neuronas y cada neurona sintoniza con otras diez mil neuronas.

             Así que cuando se aprende algo o se adquiere cierta experiencia, algunas sinapsis en un circuito determinado serán más eficaces que antes. Ésta es la base, realmente, del aprendizaje y la memoria. De manera que el concepto de plasticidad -la idea de que el cerebro cambia con la experiencia- constituye un puente entre la neurociencia y el psicoanálisis porque la señal es un concepto que pueden compartir la neurociencia y el psicoanálisis. 
        
              ¿Estamos programados por las experiencias anteriores? ¿Podemos afirmar que cualquier tipo de experiencia que hayamos tenido hasta un momento dado determinará nuestra manera de comportarnos en el futuro?

              Pienso que estamos programados para no estar programados. Si nuestro interior, fabricado por la experiencia a través del mecanismo de la plasticidad, fuera todo él consciente, un producto cognitivo, nos comportaríamos de modo extremadamente racional y seríamos perfectamente predecibles. No es eso lo que ocurre en la vida real. Basta con mirar a nuestro alrededor. La verdad es que existe una realidad interior elaborada por la experiencia por la experiencia y el principio de plasticidad que es inconsciente y que, sin embargo, ejerce una gran influencia sobre nuestra conducta. Yo iría incluso más lejos: estoy convencido de que una gran parte de todo lo que hacemos se lo debemos al inconsciente; la conciencia es algo que a posteriori, después de haber actuado, nos permite saber lo que ha había decidido hacer nuestro inconsciente.

               El mecanismo de plasticidad nos permite liberarnos de los dos determinismos potenciales: el determinismo genético y, en cierto modo, el implícito en el propio principio de plasticidad. En teoría, por lo menos, la plasticidad podría representar un cierto determinismo dado que, al postular que toda experiencia individual deja una huella indeleble, estaríamos sugiriendo que haber escuchado una sinfonía de Mozart me convertiría de todas todas en un forofo del compositor. Eso no se tendría en pie.

              El recurso a la idea de una supuesta reasociación de huellas introduce un cierto grado de libertad en nuestra conducta. Si no, seríamos una especie de robots comportándose siempre de acuerdo con las instrucciones dejadas por la experiencia, sin posibilidad alguna de que fuéramos, por lo menos alguna vez, únicos, singulares, individuos distintos de los demás. 

               El inconsciente ha tomado la decisión de iniciar un movimiento incluso antes de haber decidido efectuar dicho movimiento.

                Los estados de ánimo nos influyen sin que lo sepamos. 

EDUARDO PUNSET.
EL VIAJE AL PODER DE LA MENTE.

HEMOS SIDO DEMASIADO CONDESCENDIENTES CON LA RELIGIÓN.

       Muchos creen que hemos sido demasiado tolerantes con las creencias religiosas. Debiéramos haber elevado el tono de nuestras protestas ante los desmanes derivados de la fe mal entendida.

       Charles Darwin dice en una de sus cartas:

 

       Aunque soy un fuerte defensor de la libertad de pensamiento en todos los ámbitos, soy de la opinión, sin embargo -equivocadamente o no-, de que los argumentos esgrimidos directamente contra el cristianismo y la existencia de Dios apenas tienen impacto en la gente; es mejor promover la libertad de pensamiento mediante la iluminación paulatina de la mentalidad popular que se desprende de los adelantos científicos. Por ello, siempre me he fijado como objetivo evitar escribir sobre la religión, limitándome a la ciencia.

      Emocional y moralmente les resultó muy difícil a aquellos científicos sacudirse de encima el ethos cristiano bajo el que se habían formado. Es fascinante constatar hasta qué punto Darwin tuvo excelso cuidado en mantener el rigor de sus planteamientos científicos sin herir a los que no los compartían. En este sentido, y a nivel anecdótico, no me digan que no era enternecedora la actitud de Emma, la esposa de Darwin, profundamente religiosa, cuando repetía a sus amigos que el mayor de sus pesares era saber que Charles no podría acompañarla "en la otra vida" por culpa de su agnosticismo. Lo que la apesadumbraba era que el Dios todopoderoso no quisiera conciliar el buen carácter con el agnosticismo de su marido. Y lo que a él le apenaba, con toda probabilidad, era que muchos confundieran la libertad de pensamiento que él predicaba con ataques gratuitos a los que no la compartían.

            No cabe duda de que la relación entre la gente que profesa una religión y los agnósticos está cambiando. ¿En qué sentido? En primer lugar, la irrupción de la ciencia en la cultura popular permite descartar convicciones que antes parecían intocables. Hasta Darwin, gran parte de la comunidad científica, y desde luego toda religiosa, estaba convencida de que la vida del Universo había empezado hacía cinco mil años, en lugar de los trece mil millones de años que se sabe ahora que transcurrieron  desde la explosión del big bang hasta nuestros días. Con ello se ha dado tiempo para que la selección natural fuera modulando la evolución de las distintas especies. En segundo lugar, los continuados agravios e injusticas que siguen sufriendo -a raíz del machismo y del maltrato a las mujeres, en particular- los colectivos partidarios de impulsar la modernidad en sus propias culturas, suscitan solidaridades mucho más profundas y extensas que en el pasado. 

                Uno puede tener fe en aquello en lo que desea tener fe; pero debe reconocerse que, a pesar de las diferencias subyacentes a las religiones, hay un conjunto de principios comunes que todos los seres humanos parecen compartir, inconscientemente, en lo que respecta a sus juicios morales, con gran rapidez y de forma inconsciente, gracias al archivo desproporcionado del cerebro.   

EDUARDO PUNSET.

EL VIAJE AL PODER DE LA MENTE.

sábado, 29 de noviembre de 2014

LA MORAL PRECEDE A LAS RELIGIONES.

           La moral es innata y su existencia es anterior a las propias religiones.

         
Esta columna la escribo desde Albany, la capital del Estado de Nueva York, en Estados Unidos –que, en contra de lo que se pudiera pensar, no es Nueva York, una ciudad mucho más conocida y visitada–. Allí tuve la oportunidad de conversar con representantes de las tribus indias que los españoles llamaron navajos y lakotas.


Una madre navajo con su hijo (imagen: Wikipedia). Las costumbres indias disuadían enérgicamente a los miembros de la tribu de que el bebé tuviera otro hermanito antes de transcurridos seis años, una costumbre positiva según una minuciosa y larga investigación efectuada por científicos británicos.
Las intervenciones de estos últimos fueron las que más me interesaron. Fue mi segunda sorpresa: me quedé fascinado al descubrir de la boca de Águila Brava –Wanbli Oitika es su nombre original–, y de la elegante Gallo de la Pradera –Cio, para los miembros de su tribu–, que sus tradiciones milenarias habían anticipado varios de los descubrimientos científicos más recientes. En la tradición de la tribu de Águila Brava –marcada por la gestión matriarcal– se evitaba cualquier conflicto de la pareja con la madre política considerando, simplemente, que el hombre de la casa no superaba nunca los 12 años de edad, con lo que la ignorancia y el ninguneo del yerno por parte de la suegra –que nunca aceptaba que el marido de su hija la superara a esta última en dones– quedaban plenamente justificados.
Ahora bien, la sorpresa viene de haber comprobado hace muy poco tiempo que la especie humana es la única conocida en la que el macho conserva a lo largo de toda su vida un nivel de infantilismo mucho mayor que el de la hembra. Los machos nunca dejan del todo la niñez, como muestran su comportamiento, sus juegos y sus pasatiempos. La hembra, es cierto, se comporta también como una niña –de la misma manera que los varones se comportan como niños durante la infancia–, pero muy pronto se olvidan de la infancia para siempre.
¿Cómo es posible que la cultura heredada de los navajos y lakotas hubiera asimilado en sus conductas familiares lo que la ciencia acaba de comprobar ahora? Es decir, que los varones –al contrario que las hembras–, se comportan como si tuvieran 12 años toda la vida. ¿Cómo supieron cimentar siglos atrás su derecho matrimonial sobre un hecho que la ciencia acaba de perfilar ahora por la boca de científicos como Desmond Morris?
Hay más, hay mucho más. No me podía creer lo que estaba escuchando cuando Águila Brava nos explicaba al grupo de curiosos que con él charlábamos la importancia que concedían sus antepasados a los niños recién llegados al mundo: “Tan es así –prosiguió Wanbli Chiquita– que las costumbres indias disuadían enérgicamente a los miembros de la tribu de que el bebé tuviera otro hermanito antes de transcurridos seis años”. Lo que se quería evitar es que el primero viera limitado el acceso a los escasos recursos disponibles por la llegada demasiado precipitada de un segundo hermano. A los indios navajos ni siquiera se les pasaba por la cabeza el tan manoseado argumento de que todo el mundo necesita un hermanito para socializar y cuanto antes, mejor.
Lo fascinante de esta tradición legendaria de muchas tribus indias es que una minuciosa y larga investigación efectuada por científicos británicos ha comprobado que, efectivamente, cuando al primer hijo lo premian los padres con un hermano antes de que haya transcurrido un tiempo razonable desde su nacimiento, el primero se comporta peor que el promedio cuando llega a la pubertad. Los recursos son limitados y el acceso de alguien más al afecto y al consumo puede ser considerado como una competencia desleal o injustificada.
El recién llegado cuestiona la supervivencia del que ya estaba, en lugar de facilitar su sociabilidad. Los indios de las tribus navajo y lakota lo sabían antes de que se lo demostraran los científicos.
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 Hablando con Águila Braba -Wanbli Oitika- y la tribu de los navajos y lakotas descubrimos que estos anticiparon uno de los descubrimientos científicos más recientes: la importancia que sus antepasados concedían a los niños recién llegados al mundo. "Tanto es así que las costumbres indias disuadían a los miembros de la tribu de que el bebé tuviera otro hermano antes de transcurridos seis años." Lo que se quería evitar es que el primero viera limitado el acceso a los escasos recursos disponibles por la llegada demasiado precipitada de un segundo hermano. A los navajos ni siquiera se les pasaba por la cabeza el tan manoseado argumento de que todo el mundo necesita un hermanito para socializar, cuanto antes, mejor.

           ¿Qué resortes internos activan esos comportamientos en detrimento de la propia supervivencia y comodidad?

           Existe con toda seguridad una moral innata en los humanos, al margen y con anterioridad al propio desarrollo de las religiones.Marc Hauser acaba de sugerir y demostrar que nacemos con una especie de moral, con unos principios universales: "Lo que estoy diciendo no es que la gente no tenga que creer en la religión, sino más bien que las principales fuentes de nuestros juicios morales no proceden de la religión", asevera. La religión no es un prerrequisito de la moral. 

EDUARDO PUNSET.
EL VIAJE AL PODER DE LA MENTE.
Una madre navajo con su hijo (imagen: Wikipedia). Las costumbres indias disuadían enérgicamente a los miembros de la tribu de que el bebé tuviera otro hermanito antes de transcurridos seis años, una costumbre positiva según una minuciosa y larga investigación efectuada por científicos británicos. - See more at: http://www.eduardpunset.es/195/general/la-sabiduria-de-las-tribus-navajos-y-lakotas#sthash.2boSJaHU.dpuf
Esta columna la escribo desde Albany, la capital del Estado de Nueva York, en Estados Unidos –que, en contra de lo que se pudiera pensar, no es Nueva York, una ciudad mucho más conocida y visitada–. Allí tuve la oportunidad de conversar con representantes de las tribus indias que los españoles llamaron navajos y lakotas.


Una madre navajo con su hijo (imagen: Wikipedia). Las costumbres indias disuadían enérgicamente a los miembros de la tribu de que el bebé tuviera otro hermanito antes de transcurridos seis años, una costumbre positiva según una minuciosa y larga investigación efectuada por científicos británicos.
Las intervenciones de estos últimos fueron las que más me interesaron. Fue mi segunda sorpresa: me quedé fascinado al descubrir de la boca de Águila Brava –Wanbli Oitika es su nombre original–, y de la elegante Gallo de la Pradera –Cio, para los miembros de su tribu–, que sus tradiciones milenarias habían anticipado varios de los descubrimientos científicos más recientes. En la tradición de la tribu de Águila Brava –marcada por la gestión matriarcal– se evitaba cualquier conflicto de la pareja con la madre política considerando, simplemente, que el hombre de la casa no superaba nunca los 12 años de edad, con lo que la ignorancia y el ninguneo del yerno por parte de la suegra –que nunca aceptaba que el marido de su hija la superara a esta última en dones– quedaban plenamente justificados.
Ahora bien, la sorpresa viene de haber comprobado hace muy poco tiempo que la especie humana es la única conocida en la que el macho conserva a lo largo de toda su vida un nivel de infantilismo mucho mayor que el de la hembra. Los machos nunca dejan del todo la niñez, como muestran su comportamiento, sus juegos y sus pasatiempos. La hembra, es cierto, se comporta también como una niña –de la misma manera que los varones se comportan como niños durante la infancia–, pero muy pronto se olvidan de la infancia para siempre.
¿Cómo es posible que la cultura heredada de los navajos y lakotas hubiera asimilado en sus conductas familiares lo que la ciencia acaba de comprobar ahora? Es decir, que los varones –al contrario que las hembras–, se comportan como si tuvieran 12 años toda la vida. ¿Cómo supieron cimentar siglos atrás su derecho matrimonial sobre un hecho que la ciencia acaba de perfilar ahora por la boca de científicos como Desmond Morris?
Hay más, hay mucho más. No me podía creer lo que estaba escuchando cuando Águila Brava nos explicaba al grupo de curiosos que con él charlábamos la importancia que concedían sus antepasados a los niños recién llegados al mundo: “Tan es así –prosiguió Wanbli Chiquita– que las costumbres indias disuadían enérgicamente a los miembros de la tribu de que el bebé tuviera otro hermanito antes de transcurridos seis años”. Lo que se quería evitar es que el primero viera limitado el acceso a los escasos recursos disponibles por la llegada demasiado precipitada de un segundo hermano. A los indios navajos ni siquiera se les pasaba por la cabeza el tan manoseado argumento de que todo el mundo necesita un hermanito para socializar y cuanto antes, mejor.
Lo fascinante de esta tradición legendaria de muchas tribus indias es que una minuciosa y larga investigación efectuada por científicos británicos ha comprobado que, efectivamente, cuando al primer hijo lo premian los padres con un hermano antes de que haya transcurrido un tiempo razonable desde su nacimiento, el primero se comporta peor que el promedio cuando llega a la pubertad. Los recursos son limitados y el acceso de alguien más al afecto y al consumo puede ser considerado como una competencia desleal o injustificada.
El recién llegado cuestiona la supervivencia del que ya estaba, en lugar de facilitar su sociabilidad. Los indios de las tribus navajo y lakota lo sabían antes de que se lo demostraran los científicos.
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viernes, 14 de noviembre de 2014

¿CUÁNDO SE DESENCHUFÓ LA HUMANIDAD DEL UNIVERSO?

           ¿En qué momento la humanidad se había desenchufado? Hacía poco que un grupo de científicos del University College, de la Universidad de Londres, liderados por el neurobiólogo Semir Zeki.  en Gran Bretaña, habían puesto de manifiesto que la humanidad se desconectaba en mayor medida con motivo de un gran amor, de una gran esperanza, de una bonanza intensa y previsible que con motivo de una ola de odio azuzada por la guerra.

           A nivel individual y colectivo el amor y el odio transcurrían por circuitos similares como el putamen y la ínsula, aunque los circuitos del odio son distintos de los del miedo, las amenazas o el peligro. Ahora bien, la diferencia real entre las emociones del amor y el odio es, paradójicamente, que la primera inhibe al organismo del resto de los sentimientos; se desenchufa mejor con el amor que con el odio. Lógico. El amor conduce a la felicidad. El odio a la guerra y la guerra hay que prepararla; no se puede contemplar desde la inhibición.

EDUARDO PUNSET.
EL VIAJE AL PODER DE LA MENTE. 

sábado, 1 de noviembre de 2014

VIVIR DE UNA CORAZONADA.

              Nuestra conducta está tan determinada por la huella del pasado, de lo heredado, por los estímulos del entorno, y todo ello por el canal de procesos cognitivos en su mayor parte inconscientes, que resulta imposible desaprender sin tomar un atajo. Una de estas vías singulares para desconectarse del universo en que vivimos son las artes que, como la música, son susceptibles de trasladar las mentes a otro mundo que no es el habitual. Otra vía son los sueños y, en términos más generales, la capacidad del inconsciente para recorrer procesos cognitivos insospechadamente sofisticados. Se trata de uno de los descubrimientos más recientes y todavía no asimilados por una gran parte de la propia comunidad científica.

             En las Universidades de Yale, Princeton y Harvard, neurólogos y psicólogos, entre ellos John Bargh están descubriendo una concepción nueva del inconsciente que otorga a las corazonadas un poder hasta ahora insospechado. 

            Resulta que la gente se equivoca casi siempre sobre las causas de su conducta. Hasta hace muy poco tiempo, estábamos convencidos de que cuando se trataba de un problema sencillo, como andar por casa o cerrar los párpados si nos deslumbraba la luz del sol, el inconsciente se encargaba de solventar el problema. Por poco que se complicaran las cosas -como a la hora de decidir si me caso o no me caso, si salgo de viaje o cambio de trabajo- recurríamos a la conciencia para que, utilizando la razón, resolviera el problema. Varios experimentos en las universidades mencionadas han demostrado que esto es, lisa y llanamente, falso.

          Es cierto que ya habíamos descubierto que las corazonadas (las intuiciones o el subconsciente) eran una fuente del conocimiento tan válida como la razón. 

          Los últimos experimentos efectuados están demostrando que el nuevo concepto de inconsciente implica que la conducta de una persona puede ser el resultado de algo que ha ocurrido en el entorno sin necesidad de un acto consciente por su parte ni de que se entere de lo que está ocurriendo. El inconsciente es el responsable por su cuenta no sólo de la mayoría de las decisiiones que tomamos, sino también de las que tienen mucha importancia por la sofisticación o complejidad de los procesos cognitivos implicados. 

         La consciencia sirve, ni más ni menos, que para aprender a distiguir el pasado del presente y el futuro del pasado. La consciencia nos permite situarnos en el tiempo.

       Los humanos no tuvieron consciencia durante muchísimo tiempo. Es un instrumento refinado que no sirve para lo que creíamos, pero que sólo surge a partir de un nivel determinado de sabiduría y capacidad cognitiva.

       EDUARDO PUNSET.
EL VIAJE AL PODER DE LA MENTE.    

domingo, 12 de octubre de 2014

LA INFLUENCIA DEL ENTORNO Y DEL EFECTO MARCO EN NUESTRAS DECISIONES ES ARROLLADORA.

          Hubo un experimento famoso y terrible, que se realizó en los inicios de la década de 1960, promovido por el psicólogo Stanley Milgram (1933-1984), de la Universidad de Yale, para investigar los mecanismos de la obediencia. Los resultados fueron irrebatibles: "La psicólogía social de este siglo revela una gran lección: lo que determina cómo actúa una persona a menudo no depende tanto del tipo de persona que se es como del tipo de situación en la que se encuentra", concluyó Stanley Milgram.

       Ha quedado en los anales de la investigación como uno de los experimentos más esclarecedores del comportamiento humano. Participaron nada menos que cuarenta estudiantes dirigidos por unos jefes de sala que presidían la transmisión de corrientes eléctricas con fases distintas y voltajes crecientes desde trienta hasta cuatrocientos cincuenta voltios a unos actores, que simulaban sufrirlas en su cuerpo en una habitación contigua.

       Si una persona en una posición de autoridad le ordenase que adminstrase a otra persona una descarga eléctrica de cuatrocientos voltios, ¿le obedecería? La mayoría de la gente respondería a esta pregunta con un no categórico. Sin embargo, el experimento de Milgram ofreción una visión espeluznante e impactante de la autoridad y la obediencia.

    Los experimentos empezaron en julio de 1961, cuando en Jerusalén se estaba juzgando al criminal nazi Adolf Eichmann. El argumento de la defensa -que Eichmann no hizo más que obedecer a sus superiores cuando ordenó la muerte de millones de judíos- despertó el interés de Milgram. En su libro Obediencia a la autoridad.,publicado en 1974, Milgram se preguntaba si era posible que Eichmann y los millones de alemanes que fueron cómplices del nazismo debían ser considerados realmente cómplices o quizá sólo obedecían órdenes.

       El voltaje de las descargas eléctricas que cada participante estaba dispuesto a aplicar fue el dato que se usó para medir el grado de obediencia. Milgram preguntó a un grupo de estudiantes de su universidad hasta dónde creían estar dispuestos a llegar la mayor parte de los participantes del experimento. La respuesta fue que serían menos del 3% el que aplicase las descargas eléctricas de intensidad máxima. En realidad, lo hizo el 65%.

    El juego de la muerte (documental)   

 EL BATALLÓN 101.   , destinado en Polonia durante la II Guerra Mundial, que recibió un encargo terrible: asesinar a determinadas personas. Pero el capitán, a diferencia de lo que sucedión en el experimento de Milgram, fue amable y permitió que los soldados evitaran voluntariamente esta situación insostenible rompiendo filas. Lo increíble, lo sorprendente, es que casi ninguno aprovechara la oportunidad infringiendo, por una vez, las reglas como se les permitía.

        Es tremendamente importante entender que las personas hacen cosas terribles no siempre porque sean malas, sino porque no quieren romper las reglas. En el caso del batallón destinado en Polonia no se trataba de soldados, sino de policías, seguramente poco receptivos a la propaganda habitual. Apenas tuvieron unos segundos para decidir si querían apartarse del resto o no. A pesar del permiso implícito y declarado del comandante: "Puedo entender que algunos de vosotros no queráis hacerlo. Aquellos de vosotros que no estéis dispuestos a seguir las órdenes, dad un paso alf rente y os buscaremos otra tarea", solamente una docena de los quinientos dieron un paso al frente. ¿Cómo se explica esto?

        Una de las razones es que los soldados se rigen por un principio intuitivo que dice: "No dejes atrás a los tuyos, no rompas filas". El comandante había formulado la pregunta de tal modo que tuvieron que escoger o bien quedarse firmes o romper filas y seguir sus otros principios morales, como el de no matar a personas inocentes. Si el comandante lo hubiera expresado al revés, si hubiera dicho: "Los que queráis hacerlo, los que queráis matar, por favor, dad un paso al frente", este conflicto no habría estallado con la misma virulencia. Con toda seguridad, muchos menos habrían dado un paso al frente. 

      Con el Efecto Marco., lo que se demuestra es que la fórmula utilizada para la petición o el permiso tiene una importancia fundamental.

      Un anuncio publicitario en el que se declara que sólo en un 10% de los casos el fármaco expuesto tiene efectos secundarios, tardará más en venderse que el del mismo fármaco anunciando que en un 90% de los casos no produce ningún efecto secundario.

EDUARDO PUNSET.
EL VIAJE AL PODER DE LA MENTE.  

viernes, 3 de octubre de 2014

EN OCASIONES DECIDIMOS MEJOR CON POCA INFORMACIÓN.

                   Esa inferencia inconsciente pasa, en primer lugar, por aceptar que la falta de información, en determinadas circunstancias, puede ser un activo de la capacidad del razonamiento. Un grupo de experimentadores alemanes reunió a dos docenas de ciudadanos para ver cómo contestaban a la siguiente pregunta: ¿qué ciudad tiene más habitantes, Detroit o Milwaukee? ¿Cuál cree el lector que fue la respuesta?

             Se había hecho la misma pregunta a ciudadanos estadounidenses, y hubo división de opiniones: el 60% se inclinó por Detroit -que es la respuesta correcta-, pero el resto optó por Milwaukee. Cuando se hizo, como he mencionado antes, la misma prueba con ciudadanos alemanes -que sabían poquito de Detroit-, y la mayoría ni siquiera había oído hablar de Milwaukee-, ¿qué cree el lector que pasó? ¿Qué proporción de alemanes acertó la respuesta en comparación con los norteamericanos? Lo sorprendente es que prácticamente todos. Muchos más del 90%.

            ¿Y cómo es posible que las personas con menos información realicen sistemáticamente mejores inferencias que las que saben más cosas, porque se trata de ciudades de su propio país? Aquí se aplica una regla muy sencilla, que denominamos heurística de reconocimiento: "Escoge lo que conozcas". Esto es lo que se llama "regla general" o "heurística". Una heurística ignora información, ye sto es lo que acelera la toma de decisiones por el inconsciente en la situación adecuada. Los alemanes habían oído hablar de Detroit, pero no de Milwaukee: ése es el motivo. La ignorancia parcial puede ser útil, y siempre sucede así cuando, en el mundo real, el reconocimiento del nombre está correlacionado con lo que se quiere saber.

          Nuestro cerebro se pasa la mayor parte del tiempo haciendo conjeturas. Un ejemplo muy ilustrativo es el de la luna: cuando está situada en la horizontal de nuestro campo de visión, parece mucho más grante que cuando está en la vertical del firmamento. El cerebro está adivinando para que nosotros podamos vislumbrar cuándo se trata de un horizonte supuestamente cercano, con el mar de fondo, o de un horizonte supuestamente más lejano en la vertical del firmamento.

 

          Llegamos a distinguir un espacio bidimensional, lo cóncavo y lo convexo gracias a que el cerebro recurre al hecho archisabido de que la luz fluye desde arriba, hilvanando así la idea tridimensional de los cuerpos cóncavos y sus contrarios los convexos en función del sombreado subyacente. En este caso lo que el cerebro nos dice es que el objeto bidimensional es cónvcavo acentuando la sombra en la parte superior del objeto; mientras que en el otro caso la sombra se acentúa en la parte inferior.

        Esto es así porque en la historia evolutiva solamente había una fuente de luz y procedía de arriba. 

        Cuando la sombra de un objeto está en la parte superior, entonces el cerebro deduce que los puntos se alejan del observador.

         Es decir, en el mundo real, el cerebro está haciendo supersticiones, pero sobre la base de principios inteligentes, que son probables pero no seguros. 

EDUARDO PUNSET.
EL VIAJE AL PODER DE LA MENTE.