viernes, 2 de enero de 2015

La vía Zen como camino para la ética universal, ¿es posible?

El maestro Zen, Dokusho Villalba, y el filósofo Juan Marcial Rufo opinan


La Vía del Zen es un camino de despertar espiritual de más de dos mil quinientos años de antigüedad, una tradición que se ha perpetuado de generación en generación, de maestro a discípulos, atravesando culturas y áreas geográficas muy diversas. ¿Se puede fundamentar la ética en la filosofía y la espiritualidad? Y, en concreto, ¿es la Vía Zen un camino para la ética universal? En este artículo presentamos dos opiniones al respecto: la de un maestro Zen, Dokusho Villalba; y la de un filósofo, Juan Marcial Rufo. Por Leandro Sequeiros.



Estatua de Buda en Seokguram (Corea del Sur). Imagen: Richardfabi. Fuente: Wikipedia.
Estatua de Buda en Seokguram (Corea del Sur). Imagen: Richardfabi. Fuente: Wikipedia.
El origen del Zen se remonta al Buda Sakiamuni, fundador histórico del Budismo quien vivió en el siglo V a.C., aunque las técnicas de meditación empleadas por el Buda datan al menos del siglo XIX a.C.

En efecto, en la últimas excavaciones realizadas en Mohenjo Daro, una de las principales ciudades de la civilización dravídica que se extendió por el valle del Indo antes de la invasión de los indoeuropeos, se ha encontrado una estatuilla de un asceta en la postura de meditación del loto que los practicantes Zen de hoy en día seguimos utilizando. Esta estatuilla ha sido datada como procedente de alrededor el año 1800 a.C., es decir de hace unos 3800 años.

El zen no es una teoría, ni una filosofía, ni una religión, ni un sistema doctrinal basado en dogmas. Es sobre todo una experiencia, una praxis, una forma de vivir, una actitud ante la vida y ante la muerte. La esencia de esta experiencia es sobre todo la realización vivencial de la verdadera naturaleza de nuestra existencia y una forma de vida que se desprende naturalmente de esta realización.

El acceso a esta experiencia tiene lugar principalmente a través de la práctica de la meditación zen llamada zazen. El camino del zen se basa en tres pilares: 1. La práctica de la meditación sedente o zazen; 2. El estilo de vida o comportamiento ético; y 3, la comprensión trans-racional de la realidad o sabiduría. La plena realización de las enseñanzas zen implica el cultivo y la realización de estos tres aspectos.

En este artículo, que fue originalmente una conferencia de Dokusho Villalba, se desarrolla el aspecto del estilo de vida o comportamiento ético, ya que este aspecto constituye la base imprescindible de una práctica meditativa adecuada.

• ¿Qué es la ética?

Según el maestro Zen, la ética es definida como la parte de la filosofía que trata sobre la moral y las obligaciones del ser humano. A su vez, la moral es la disciplina que estudia las acciones humanas en base a su bondad o su maldad. En el corazón de toda ética se encuentran pues los conceptos de Bien y de Mal.

La pregunta clave es ¿qué es el Bien, qué es el Mal? El maestro Zen japonés Menzan Zuihô, del s. XVIII, escribió:

“El Bien no es un valor absoluto ni universal. Sin embargo, nos aferramos tercamente a lo que nosotros consideramos como bueno creyendo que es realmente el Bien. El Mal tampoco es un valor absoluto. Aún así nos apegamos a nuestros propios juicios y no actuamos espontáneamente. Lo que nosotros consideramos firmemente como bueno, otros pueden considerarlo como malo, y viceversa. Pero aunque todos nos pusiéramos de acuerdo respecto al Bien y al Mal, este acuerdo no sería más que un juicio emitido por la mente ilusoria que se manifiesta en forma de conocimientos, puntos de vista, experiencias condicionadas, etc.”

Otro maestro zen, Yoka Daishi (China,s. VIII), escribió en su obra “El Canto del Despertar Inmediato”:

“¿Qué es el Bien, qué es el Mal?
Los seres humanos no podemos saberlo.
¿Quién va en el buen camino y quién a contracorriente?
Ni siquiera el cielo puede determinarlo”.

El Bien y el Mal son valores relativos. Cada cultura, cada sistema religioso, cada sociedad e, incluso, cada individuo, construyen su propia ética en base a sus apreciaciones relativas y condicionadas sobre el Bien y el Mal. Por ello puede parecer difícil hablar de una ética universal, así, en singular. Lo que encontramos a primera vista es una gran variedad de éticas o conjuntos de normas morales.

• Etica y éticas

Dentro de las grandes tradiciones espirituales tenemos la ética judeocristiana, la jainista, hinduista, musulmana, la protestante, la budista, la ética de los indios norteamericanos, de los bosquimanos africanos, de los aborígenes australianos, etc.

Dentro de la tradición civil tenemos el código ético implícito en el derecho romano, en el marxismo-leninismo, en el anarquismo utópico, en la religión civil norteamericana, etc.

Por otra parte, está lo que podríamos llamar la ética del poder, para la cual el Bien consiste en conseguir poder, en mantener y aumentar el poder conseguido, y el Mal es todo aquello que amenace de alguna forma a este poder.

Está la ética del beneficio comercial, según la cual el Bien consiste en ganar todo el dinero que se pueda y el Mal en perder la riqueza obtenida.

Está la ética trascendentalista, para la cual el Bien consiste en abandonar lo antes posible este mundo impuro para alcanzar un mundo puro en el más allá, y el Mal viene representado por todo aquello que ata al ser humano a este mundo impuro.

Está la ética materialista, para la cual el Bien consiste en gozar al máximo de los placeres de este mundo y el Mal es todo aquello que impide hacerlo.

Está la ética individualista para la cual el individuo es lo primero, el Bien supremo, y todo aquello que coarta la libertad del individuo es el Mal.

Está la ética colectivista para la cual la supervivencia del grupo social es lo primero y todo aquello que ponga en peligro el bien común es el Mal. Está la ética nacionalista, la ética centralista, la ética federalista, etc...

Lo que encontramos más a menudo en nuestra vida cotidiana, tanto en el sistema social como en nuestro fuero interno, es una mezcla de distintos códigos éticos a menudo contrapuestos y casi siempre en conflicto entre sí.

Las guerras religiosas, étnicas, culturales e incluso civiles son, en esencia, las guerras de unos códigos éticos contra otros. Los seguidores de unos y otros sistemas éticos creen que su concepción del Bien y del Mal es la verdadera, la única verdadera y, por ello, tratan de imponer, mediante el uso del poder y de la violencia, su concepción absoluta del Bien y del Mal a otros. El resultado de esta lucha no es más que dolor y sufrimiento para todos. Esto es lo que vemos al analizar la historia pasada y presente de la humanidad.

¿Hacia una ética universal?

¿Es posible alcanzar una definición universal del Bien y del Mal que pueda ser compartida por todos los seres humanos de este Planeta? Este es el reto al que nos enfrentamos al alba del siglo XXI. Algo en lo que todos tenemos que ponernos a trabajar.

• Etica de la sabiduría y ética de la compasión

Creo que, en primer lugar, todos deberíamos relativizar nuestras concepciones acerca del Bien y del Mal. “¿Quién va por el buen camino y quién a contracorriente? Ni siquiera el cielo puede saberlo”, decía el maestro zen Yoka Daishi. Tenemos que reconocer que nuestras concepciones acerca del Bien y del Mal han surgido como fruto de un fuerte condicionamiento personal, familiar, social, religioso, cultural, étnico, histórico, geográfico e incluso cósmico. Lo que es bueno para mí no tiene porqué serlo necesariamente para tí. Lo que es malo para tí no tiene porqué serlo para mí.

El reconocimiento del carácter relativo del Bien y del Mal nos libera de la fijación ciega que conduce a la dominación compulsiva de los demás. Reconociendo que nuestra concepción del Bien y del Mal es relativa podemos reconocer que la concepción de los demás también es relativa y, aceptando esta relatividad de todos los sistemas éticos, el Bien y el Mal dejan de ser considerados como un Absoluto con marca registrada.

A esta percepción la llamo “ética de la sabiduría” porque es el ojo de la sabiduría el que nos permite ver que el Bien y el Mal son valores relativos.

No obstante, esta ética de la sabiduría, aunque es imprescindible, no es suficiente. La ética de la sabiduría sirve para reconocer, aceptar y respetar la diferencia, la diversidad, de cada individuo, cultura o tradición. Ahora bien, puesto que sólo somos lo que somos a través de nuestra relación con los demás, puesto que somos seres relacionales, necesitamos un supuesto común, un principio de unidad, que nos permita desarrollarnos en nuestra relación con los demás. Necesitamos un interface ético que nos permita comunicarnos desde nuestro código ético con el código ético de los demás. Necesitamos encontrar los principios éticos globales y universales que subyacen en nuestros códigos éticos relativos.

“Personalmente siento – prosigue Dokusho Villalba - que este interface ético de alcance universal puede ser construido a partir de lo que se ha venido en llamar la regla de oro de la ética: “No inflingas a otros la violencia de la que tú mismo no quieres ser víctima”; o bien, “No le hagas a otros lo que no te gusta que te hagan a ti mismo”.

El valor de este interface ético no estriba tanto en su carácter de Verdad Absoluta (lo cual conduciría a un nuevo Absolutismo), sino en su poder de comunicar a través de un lenguaje común a distintos códigos éticos. Es decir, su valor radica en su función de generar un espacio de encuentro y comunicación, un reconocimiento de la unidad subyacente a los distintos sistemas éticos. Este interface podría ser llamado “ética de la compasión”.

• Ética de la compasión

Una ética basada en la sabiduría (el conocimiento) y la compasión (la empatía) es la mejor medicina para la enfermedad del egocentrismo y la ética individualista asociada a él.

El egocentrismo es en efecto una enfermedad mental y emocional que reviste carácter de plaga especialmente en las sociedades opulentas. El estado mental egocéntrico es el producto de un desarrollo psicológico incompleto que tiene como resultado una visión errónea por incompleta de la realidad.

¿En qué consiste básicamente el egocentrismo? En creer que el yo es el centro y la cúspide del mundo y que todos los seres que pueblan el universo ya sean humanos, animales, vegetales, minerales, objetos, medio ambiente, etc, están ahí únicamente para satisfacer y servir a los deseos del yo. Para la mentalidad egocéntrica, la existencia de los demás sólo tienen valor en cuanto que sirva para satisfacer los deseos del yo. El yo es convertido en el Sujeto Absoluto y los demás reducidos a objetos relativos.

• Hacia una ética universal como expresión de la compasión

La ética de la compasión no trata de imponer una determinada concepción absoluta del Bien y del Mal. No es una ética basada en el poder, ni siquiera en la posesión de una hipotética Verdad, entendida como categoría absoluta.

Es una ética que trata de encontrar el sentimiento común que subyace en todos los seres vivientes y en todo código ético.

Siento que el Manifiesto 2000 impulsado por la UNESCO dentro de la campaña internacional por una Cultura de Paz y No-violencia es una buena expresión de esta “ética de la compasión”.

Por ello nuestra Comunidad Budista Soto Zen está participando en la campaña de este Manifiesto 2000 lanzada por la UNESCO, que a su vez ha declarado el primer decenio del siglo XXI como el decenio de la Cultura de Paz y No-Violencia. Paradójicamente, en este primer año del siglo XXI ha estallado ya un conflicto internacional, que se añade a los cientos de conflictos regionales, cuyas consecuencias son aún imprevisibles. Pero ello no debe descorazonarnos sino por el contrario alentarnos aún más en la consecución de una Cultura de Paz y de No-violencia.

Los principios del Manifiesto 2000

El Manifiesto 2000 se articula en seis puntos que constituyen de hecho los pilares de una ética universal, que bien puede ser abrazada por un budista, por un musulmán, por un cristiaano, por un agnóstico o un ateo. Personalmente, como ser humano, como ciudadano del mundo y como budista, me siento totalmente identificado con estos principios.

Estos seis principios son:

- Respetar la vida.

- Puesto que yo amo y respeto mi propia vida, tengo el derecho de que los demás amen y repeten mi vida.
- Puesto que los demás aman y respetan su propia vida, tengo la responsabilidad de amar y respetar la vida de los demás, no amenazando ni mental, ni verbal ni físicamente la vida de los demás ni apoyando o justificando a aquellos que no respetan el derecho a la vida de los demás.

- Practicar la no-violencia.

- Puesto que no me gusta que ejerzan la violencia sobre mí, tengo el derecho de vivir libre de violencia.
- Puesto que a los demás no les guste que se ejerza la violencia sobre ellos, tengo la responsabilidad de no ejercer violencia ni mental, ni verbal ni física sobre los demás.

- Compartir el tiempo y los recursos.

- Puesto que los recursos vitales pertenecen realmente a la Vida (y la Vida no pertenece a nadie) tengo el derecho de que aquellos que poseen más recursos que yo los compartan conmigo.
- Puesto que los recursos vitales pertenecen realmente a la Vida (y la Vida no pertenece a nadie) tengo la responsabilidad de compartir los recursos que poseo con aquellos que tienen menos que yo, siendo consciente que el reparto injusto de la riqueza es una de las principales causas de violencia en el mundo.

- Defender la libertad de expresión y la diversidad cultural.

- Puesto que la Vida es libertad y yo soy un ser vivo, tengo derecho a expresar libremente mi identidad personal y cultural y a defender pacíficamente dicha expresión cuando sea amenazada.
- Puesto que la Vida es libertad y los demás son seres vivos, tengo la responsabilidad de aceptar y respetar la expresión de la identidad personal y cultural de los demás y a defenderla pacíficamente cuando sea amenzada.

- Promover un consumo responsable.

- Puesto que soy un ser vivo que necesita recursos vitales para vivir dignamente, tengo derecho a disponer de aquello que necesito.
- Puesto que los demás también son seres vivos que también necesitan recursos vitales para vivir dignamente y, dado que estos recursos son limitados, tengo la responsabilidad de consumir sólo lo que necesito y compartir con los demás los recursos limitados del planeta.

- Contribuir al desarrollo de la comunidad.

- Puesto que soy un ser social que necesita vivir en comunidad, tengo derecho a que mis necesidades sean reconocidas y satisfechas por la comunidad.
- Puesto que los demás son seres sociales que necesitan vivir en comunidad, tengo la responsabilidad de trabajar para que las necesidades de los demás sean reconocidas y satisfechas.
- La ética basada en la compasión es el polo opuesto a la ética basada en el poder y la dominación, sea cual sea la forma que este poder y dominación adquiera.

La ética de la compasión se basa en un principio universal: ningún ser ama el sufrimiento. Por lo tanto, evitar que todos los seres (tanto yo como los demás, tanto humanos, como vegetales y animales) experimenten el sufrimiento es el principio universal sobre el que se asienta la ética de la compasión.

La ética del poder y la dominación se basa en la imposición casi siempre violenta de un determinado sistema de valores considerados “verdaderos y absolutos” a los demás, para beneficio de aquellos que ostentan el poder y sin consideración hacia el sufrimiento de aquellos que sufren esta imposición.

La ética del poder ha sido la que más frecuentemente ha dominado la historia de la humanidad y la que sigue dominando hoy día. Muchas instituciones religiosas, políticas y estatales, muchos grupos étnicos y muchos grandes consorcios económicos han recurrido siempre a la ética del poder y siguen haciéndolo hoy día.

No obstante, en un mundo cada vez más consciente de la interdependencia esencial que subyace en el tejido de la Vida, en una época histórica en la que el poder de las armas de destrucción masiva es escalofriante, la perpetuación de la ética del poder y la dominación es el mayor peligro al que se enfrenta la Humanidad.

La alternativa no puede ser otra que la expansión en los corazones de todos los seres humanos de la “ética de la sabiduría” y de este interface ético al que llamo “ética de la compasión”. Siento que, obligados por el puro instinto de superviviencia, este es el imperativo histórico al que debemos responder en este siglo XXI que comienza.

Por ello, como ser humano ciudadano de este pais y de este planeta, como seguidor de las enseñanzas del Buda, considero que todos, independientemente del credo religioso o político, deberíamos comprometernos, apoyando, difundiendo y haciendo nuestros los valores recogidos en este Manifiesto 2000 impulsado por la UNESCO en pos de una Cultura de Paz y de No-violencia.

Hasta aquí el texto del maestro Zen Dokusho Villalba. Pero, ¿es posible fundamentar aquí la ética universal? El profesor Juan Marcial Rufo, presenta unos comentarios sobre compasión y responsabilidad.

La vía Zen como camino para la ética universal, ¿es posible?
COMPASIÓN Y RESPONSABILIDAD

0. Introducción

La lectura de las reflexiones de Dokushó Villalba nos lleva a considerar algunas posturas filosóficas del filósofo alemán Hans Jonas (1903-1993), que pueden servir de fundamentación a las ideas de compasión y de responsabilidad. En contacto con el texto de Dokushó Villalba, expondremos a) cómo Jonas mantiene una antropología interesada en insertar al hombre en la realidad natural de nuestro planeta; b) la necesidad de superar el tecnocentrismo de nuestra cultura; y c) la fundamentación ontológica de la responsabilidad y, para lo que nos interesa, aunque Jonas no lo trate explícitamente, de la compasión.

1. Nuestra inserción en el mundo de la vida

Según Hans Jonas, tomando distancia de algunas corrientes filosóficas de la historia, hay que situarse contra la desvalorización de la naturaleza y frente a la actitud de distancia del hombre frente a ésta. Su postura es que hemos de entender al hombre inserto en el contexto natural, si bien salvando lo específicamente humano.

Más bien al contrario: Jonas interpreta todo ser viviente no humano desde el modelo del querer y del hacer humanos y, en consecuencia, siembra con ello las condiciones para que el hombre se experimente a sí mismo con una actitud de confianza en el mundo. Así, por ejemplo, refiriéndose en concreto al existencialismo, afirma:

“El existencialismo contemporáneo, al igual que otras filosofías que le precedieron, dirige sus miradas solamente al hombre, como si hubiese sido encantado por él. Hace al hombre el homenaje, que es a la vez una carga, de atribuirle a él muchas cosas que tienen su raíz en la existencia orgánica como tal. Al proceder así, el existencialismo priva a la comprensión del mubdo orgánio de los resultados que alcanza la autopercepción humana, y por esa misma razón traza mal la verdadera línea divisoria entre el animal y el hombre.” JONAS, Hans: [El principio vida. Hacia una biología filosófica, Trotta, Madrid 2000, p. 9. Las cursivas son del original].

En la materia viva existe la posibilidad de la autoorganización y poder desarrollar la conciencia. Es decir, puedo posibilitar el desarrollo de la vida sentiente, más aún, el desarrollo de la subjetividad. En este proceso está inserto el ser humano. Éste, aunque diferenciándose de los animales por su autoconciencia y por su capacidad de imaginar, no es un ser solitario en este mundo.

Con este planteamiento, Jonas intenta superar todo tipo de actitud antropológica dualista o de extrañamiento frente al mundo natural, reconociéndole valor y dignidad a lo orgánico. De esta manera, relativiza la afirmación de que lo no-humano está a simple disposición, como mero medio para los fines humanos.

2. Más allá del imperativo tecnológico

Para Jonas, el hombre contemporáneo se encuentra, en su vida ordinaria, dominado e invadido por la tecnología. Ésta, que en principio tendría que ser un medio para la vida del hombre, s ha convertido en un fin en sí mismo. La tecnología moderna es una realidad en proceso continuo que exige estar en constante ejercicio, evolución y renovación, sin parar. Cuando la tecnología se enfrenta a problemas nuevos o cuando de sus manos aparecen nuevos problemas, se busca la solución en más tecnología. Es decir, los problemas técnicos se resuelven técnicamente.

La tecnología ha invadido la vida del hombre, y en muchas ocasiones ha usurpado a éste su poder de decisión y de control. Jonas toma una actitud que no es ni la de un optimismo tecnológico ingenuo ni la de un pesimismo tecnofóbico. Su objetivo más bien es rebatir el imperativo tecnológico. El poder tecnológico capaz de destruir la biosfera reclama un deber de actuar con precaución y responsabilidad. “Progreso con cautela” frente a “incertidumbre tecnológica”: tal actitud es la que propugna nuestro autor.

En él no hay tecnofobia ni nos invita a ella: más bien es una actitud que se levanta contra los excesos tecnológicos, aquellos que pueden entrañar efectos inicialmente desapercibidos pero que pueden ocasionar daños irreparables a medio y largo plazo, y a mediana o gran escala.

El problema no está en el hecho tecnológico tomado en sí mismo, es decir, en la realidad del alcance tecnológico-científico, sino n las características específicas que muchas acciones tecnológicas tienen, y que se escapan o pueden escapar al control de los hombres. En este sentido, la tecnología exige responsabilidad, porque la creación técnica es una manera de dotar de sentido a la existencia humana.

Pero si de produce de forma descontrolada y sin tener en cuenta sus consecuencias, se puede producir (como de hecho ocurre con frecuencia) una situación de dominación, de alienación, de barbarie, de cierre del horizonte humano. Ya que no es posible ni tiene sentido renunciar al hecho tecnológico, es necesario e imprescindible reflexionar acerca de la legitimidad y las condiciones de cada acción tecnológica. Aquí es donde entran en juego la cautela y la prudencia.

3. Una nueva mirada al mundo y a los otros: vivir la compasión y escuchar la llamada a la responsabilidad

En nuestra opinión, la opción del pensamiento de Hans Jonas por insertar al ser humano en el mundo natural, sin renunciar a sus orígenes biológicos y evolutivos, y su actitud de crítica a la postura de rendición frente al desarrollo tecnológico, abren la puerta a introducir, de una forma suficientemente fundamentada, la actitud de compasión y la actitud de responsabilidad ante la naturaleza y ante los otros seres humanos.

Jonas sitúa el concepto de responsabilidad en el centro de una reflexión ética que quiera responder a los desafíos de la tecnología. (Su obra principal sobre este tema es El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica, Herder, Barcelona 1995. Lydia Feito expone de manera clara y precisa la ética de la responsabilidad de Hans Jonas en su libro El sueño de lo posible. Bioética y terapia génica, Publicaciones de la Universidad Pontificia Comillas, pp. 405-419).

El ser humano tiene en sus manos un poder gigantesco, tiene la tendencia a aplicar todo nuevo conocimiento de que disponga. Pues bien, tenemos necesidad de una ética de la responsabilidad cuyo axioma básico sea el siguiente: la responsabilidad es la otra cara del poder. Ser conscientes de esta realidad nos lleva a un ejercicio de humildad:

“Una humildad no debida, como antes, a nuestra insignificancia, sino a la excesiva magnitud de nuestro poder, es decir, al exceso de nuestra capacidad de hacer sobre nuestra capacidad de prever y sobre nuestra capacidad de valorar y juzgar.” [El principio de responsabilidad, p. 56]

Esa humildad responsable nos lleva a considerar en nuestro juicio ético no sólo los intereses presentes y actuales, lo que ahora viene bien o interesa, sino incluir el elemento de “lo futuro”. Éste es más difícil de tener en cuenta. Y sin embargo, Jonas lo considera una pieza clave del engranaje de la ética de la responsabilidad, si de verdad ésta quiere estar a la altura de lo que hoy se necesita.

¿Dónde encontramos, según Jonas, el arquetipo, el caso paradigmático de llamada a la responsabilidad? Según nuestro autor, en el ser del lactante. La responsabilidad paterna para con el niño se convierte así en el prototipo de toda responsabilidad. El lactante reúne en sí el poder autojustificante de lo que “ya está ahí” y la importancia de mantener en vigor esa existencia, aunque por medio de las fuerzas de otro. Esta total dependencia del lactante con respecto a los demás se convierte en llamada vinculante a sus padres para asegurar su existencia.

“La responsabilidad primordial del cuidado paterno es la primera que todo el mundo ha experimentado en sí mismo. En este paradigma fundamental se hace clara de la manera más convincente la vinculación de la responsabilidad a lo vivo. Sólo vivo, por tanto, en su menesterosidad e inseguridad – y, por principio, todo lo vivo-, puede ser en general objeto de la responsabilidad, pero no por eso tiene ya que serlo: ser viviente es sólo la primera condición de ello en el objeto. Pero la distinción característica del hombre – el hecho de que sólo él puede tener responsabilidad – significa a la vez que tiene que tenerla también por otros iguales a él (ellos mismos posibles sujetos de responsabilidad) y que, en una u otra relación, ya la tiene siempre: la capacidad de responsabilidad es la condición suficiente de su facticidad. Tener de facto alguna responsabilidad por alguien alguna vez (lo que no significa ejercerla y ni siquiera sentirla) es algo que pertenece tan indisociablemente al ser del hombre como que éste es en general capaz de responsabilidad.” [El principio de responsabilidad, p. 173. Las cursivas son del original]

Para Jonas, la presencia del bebé despierta el deber evidente de acogerlo. Solamente si uno se pone las gafas de un reduccionismo cientificista, que no ve en el rcién nacido sino una amalgama de procesos orgánicos capaces de ser descritos sin implicación emocional, se puede cerrar el paso al dato claro y evidente de que se da un deber de origen claramente objetivo.

Según Jonas, en la ética clásica regía un sentido de reciprocidad de acuerdo con el cual los deberes de uno son homólogos a los derechos de otros. Este esquema resulta inadecuado en el campo de su ética de la responsabilidad. En el campo de la ética clásica, había seres que podían reclamar, por ejemplo, su derecho a vivir.

En cambio, al tomar en consideración las generaciones futuras, nos encontramos con que seres que no existen aún no pueden demandar nada ni sufrir que sus derechos han sido violados. De este modo, en la medida en que la ética de la responsabilidad se preocupa de los que aún no existen, ha de independizarse de cualquier esquema que implique una relación entre derecho y reciprocidad.

Ésta es la razón por la que Jonas sitúa como arquetipo de la responsabilidad, como hemos dicho, a una relación que no es recíproca: la de los padres con respecto a los hijos. Los deberes de los primeros para con los segundos están poderosamente implantados en el ser humano por naturaleza. La responsabilidad que tenemos por las generaciones futuras se parecería a la de los padres con respecto a los hijos, en cuanto se trata de una relación no recíproca.

Asimismo, en el caso del deber que emerge del llanto del bebé, se pone de manifiesto que la fuerza de la realidad entra de lleno tanto en la razón como en el sentimiento. Por un lado, en la medida en que esta interpelación moral tiene una raíz objetiva, se dije a nuestra razón en el lenguaje universal normativo. Por otro lado, el corazón es removido y emerge un sentimiento específicamente moral que juega un papel fundamental en la motivación de la actuación: el sentimiento de responsabilidad ante lo individual y concreto contemplado en su fragilidad. Según Jonas, razón y sentimiento, objetividad y responsabilidad, son dos facetas inseparables de la vida moral. Por ello, aunque Jonas hable con preferencia de un sentimiento de responsabilidad, no hemos de interpretarlo de manera emotivista.


Dokushô Villalba, (Utrera, 1956) es maestro budista zen, discípulo del Muy Venerable Taisen Deshimaru Roshi, de quien recibió la ordenación de monje soto zen en 1978 en París y bajo cuya dirección estudió el Zen hasta su fallecimiento, y del Muy Venerable Shuyu Narita Roshi, de quien en 1987 recibió la Transmisión del Dharma. Fundador de la Comunidad Budista Soto Zen en España y abad-fundador del monasterio zen Luz Serena, donde reside habitualmente. Escritor, conferenciante y traductor. Colaborador de la Cátedra Ciencia, Tecnología, Religión.

Juan M. Rufo (Motril, 1965) es Licenciado en Filosofía, Máster Universitario en Filosofía y Cultura Moderna y Licenciado en Estudios Eclesiásticos. Actualmente realiza el Doctorado en Filosofía en la Universidad de Sevilla. Colaborador de la Cátedra Ciencia, Tecnología, Religión.

Las tradiciones religiosas necesitan dialogar con las culturas, las ciencias y las tecnologías

¿Es posible el encuentro entre creyentes y no creyentes en un ámbito interdisciplinar?


Las tradiciones religiosas van siendo conscientes de que en el siglo XXI es mucho más necesario el diálogo con las culturas, las ciencias y las tecnologías. Por esa razón, el papa Benedicto XVI inició en 2009 lo que denominó el “Atrio de los Gentiles”; un espacio de encuentro entre creyentes y no creyentes en un ámbito interdisciplinar. ¿Es eso posible? Por Leandro Sequeiros.



El papa emérito, Benedicto XVI, es un gran intelectual preocupado por el diálogo con otras religiones y el encuentro con los que se definen como ateos. Por eso, en 2009 creó lo que se ha dado en llamar “El Atrio de los Gentiles”, un espacio interreligioso e intercultural al servicio de la humanización integral. Pero esta idea fue surgiendo en su mente desde años atrás.

En un discurso de Benedicto XVI, “Discurso al mundo de la cultura”, celebrado en París, en 2008, en el colegio de los Bernardinos, dijo:

“Para mucha gente, en realidad, Dios se ha convertido en el gran desconocido. A pesar de todo, así como antes tras las múltiples representaciones de divinidades la cuestión del Dios desconocido quedaba escondida y presente, de la misma manera la actual ausencia de Dios queda tácitamente fijada por una cuestión que la concierne”.

Ese mismo año 2008, Benedicto XVI, en su ya famoso “Discurso en la Universidad de la Sapienza”, Roma, dijo:

Quaerere Deum, buscar a Dios y dejarse encontrar por Él: esto es muy necesario también hoy en día. Una cultura positivista, que retornara al dominio subjetivo considerando no científica la cuestión de Dios, sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus mayores posibilidades y, por tanto, un fracaso del humanismo. Las consecuencias serían gravísimas. La búsqueda de Dios y la disponibilidad a escucharle fueron los fundamentos de la cultura europea y son aún el fundamento de toda auténtica cultura”.

Y prosigue: “El peligro para el mundo occidental —por hablar sólo de éste— es que el hombre precisamente, considerando la grandeza de su saber y poder, se rinde ante la cuestión de la verdad. Y esto significa a su vez que la razón, al final, se rinde ante la presión de los intereses y ante el atractivo de la utilidad y se ve forzada a reconocerla como criterio último”.

Los humanos nos preguntamos qué somos

En la web del El Atrio de los Gentiles, leemos que con frecuencia los grandes interrogantes sobre el sentido de la vida y su valor ya no son el centro de la existencia humana. Es este deseo de verdad, de sentido, que el Atrio de los Gentiles —paréntesis gratuito de silencio y de diálogo en el espacio social— quisiera suscitar. El hombre es un animal de deseo y esa fuerza interior que le empuja a buscar algo superior no se puede dejar de lado sino que debe tomarse seriamente en consideración.

Actualmente la línea a de demarcación del Atrio de los gentiles ha cambiado de lugar. El apóstol Pablo de Tarso anunció que el mismo Cristo ha venido a “derribar el muro que divide” hombres y creencias, judíos y gentiles y a buscar la unidad del género humano.
Actualmente «gentiles» es más bien una categoría «interior». El límite ya no está entre los que y creen y los que no creen en Dios, sino entre los que quieren defender al hombre y la vida y los que quieren ahogarlos en un utilitarismo material o incluso espiritual.

El límite, ¿no es entre quienes reconocen el don de la cultura y de la historia, de la gracia y la gratuidad, y los que lo ponen todo bajo el culto de la eficiencia ya sea cientificista o sacra?

El Atrio de los Gentiles invita a compartir una sed común en una perspectiva universal, global, católica: la de la apertura al otro como dinamismo de la vida humana. El valor del Atrio se descubre ante todo en los rostros que viven, en las identidades que le aportan vida, en el encuentro respetuoso, en el diálogo sincero y en la búsqueda apasionada. Esta respetuosa apertura al otro puede impulsar un mismo esfuerzo hacia la razón, con la idea de poner en marcha una dinámica creadora y fecunda.

Nueva etapa del diálogo entre creyentes y ateos

Según informa la agencia ZENIT.org la iniciativa vaticana de un Atrio de los Gentiles fue lanzada el 24 de marzo de 2011 en París, en el curso de dos días de encuentro y diálogo entre creyentes y no creyentes, del 24 al 25 de marzo.

Así comenzó en París, ciudad símbolo de la Ilustración, una nueva iniciativa vaticana, el Atrio de los Gentiles. Este espacio virtual fue promovido por Benedicto XVI en diciembre de 2009, cuando presentó la imagen del patio que se encontraba junto al Templo de Jerusalén al que podían acceder los no judíos.

"Complemento al diálogo interreligioso que se ha desarrollado desde hace décadas –explicó el cardenal Gianfranco Ravasi, creador del foro y presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, en un encuentro con los periodistas en la Sala de Prensa del Vaticano--, el Atrio de los Gentiles constituye un compromiso a largo plazo de la Iglesia".

El objetivo, aclaró, consiste en contribuir a que sean tenidos en cuenta en las sociedades actuales y debatidos con una reflexión racional común los grandes interrogantes de la existencia humana, sobre todo los de carácter espiritual.

En los encuentros del Atrio de los Gentiles no habrá "cátedra", y por tanto no tendrá carácter académico, ni tendrá una finalidad estrictamente pastoral. Es más bien una iniciativa "lanzada en un horizonte indiscriminado", añadió el purpurado italiano, "de libertad de interacción", sin "la obligación de encontrar un mínimo común denominador".

Si se resquebraja "el muro de separación" que separa a quien no tiene una misma visión del mundo, el diálogo resultará enriquecido. "Es importante el diálogo con los ateos 'convencidos', pues como decía el escritor italiano Gesualdo Bufalino, 'sólo en los auténticos ateos sobrevive la pasión por lo divino', mientras que Pierre Reverdy escribía que "hay ateos feroces que tienen más interés por Dios que los creyentes'".

"En esta primera fase el diálogo será estimulado de manera 'elevada', involucrando a figuras representativas de los diferentes horizontes científicos y culturales, y tocando temas candentes y fundamentales de la existencia", explicó el purpurado.

El Atrio de los Gentiles une fe y laicismo en Barcelona

Nos trasladamos ahora al mes de mayo de 2012. Según la prensa, en esa fecha, El Atrio de los Gentiles une fe y laicismo en Barcelona. La basílica de la Sagrada Familia acogió la culminación del Atrio de los Gentiles que, promovido por el Papa Benedicto XVI, busca tender puentes de diálogo entre creyentes y no creyentes a través del diálogo y los elementos espirituales.

Durante cuatro jornadas, Barcelona ha acogido diferentes actos sobre la cultura y la fe con el objetivo de demostrar que “el diálogo entre ambas es un forma de expresar el mensaje de Jesús”. Porque, “crear espacios de diálogo es una forma de mostrar que la causa de la humanidad pide el esfuerzo conjunto de todos los que se sienten llamados a sostenerla”, señalaron desde el Arzobispado de Barcelona.

Más de 4.000 personas asistieron al “Diálogo de las voces: poesía y música en la Sagrada Familia”. El acto, presidido por los cardenales Gianfranco Ravasi y Lluís Martínez Sistach, supuso, a los presentes y a aquellos que siguieron la celebración vía internet, un viaje hacia la majestuosidad de la Sagrada Familia, amplificada por la música, el juego de luces y la belleza de las palabras, que puso el punto final al Atrio.

La belleza, el arte, la trascendencia, el amor, el pensamiento fueron algunos de los aspectos que los intelectuales y cantantes interpretaron el acto. La celebración contó con una actuación muy esperada, la de Montserrat Caballé, que estuvo acompañada por el maestro de órgano Juan de La Rubia. Además, 615 cantores interpretaron ocho piezas entablando así un diálogo entre las 24 corales participantes. La última pieza –“Hoy es el día que ha hecho el Señor”–, obra del director de la Escolonía de Montserrat, Bernat Vivancos, fue compuesta especialmente para la ocasión.

La música estuvo acompañada por la lectura de dos poemas, dos textos teológicos y de fragmentos bíblicos. Francesc Figueres y Ester Romero fueron los encargados de leer, al inicio del acto, los primeros textos del Libro del Génesis y del Evangelio según San Juan. Sus palabras fueron posteriormente interpretadas por el cardenal Gianfranco Ravasi. Los responsables del diálogo entre teólogos fueron los profesores Santiago del Cura y Armand Puig y Tàrrech. Por su parte, David Jou, profesor de física de la materia UAB y poeta; y Gemma Gorja, también poeta y profesora de filología de la UB, fueron los encargados de entablar el diálogo de la poesía.

“La fiesta del espíritu”, que duró casi tres horas, culminó con el canto del “Hallelujah” tras la intervención del cardenal Sistach que subrayó la importancia del encuentro entre creyentes y no creyentes como primer paso de reflexión sobre lo común.

Una actitud interdisciplinar

En un artículo anterior publicado en Tendencias21 de las Religiones, abogábamos por la interdisciplinariedad para superar el conflicto de racionalidades.

En el presente artículo, nos situamos en un plano más amplio: la necesidad de un espíritu interdisciplinar para hacer posible el encuentro necesario (al estilo del Atrio de los Gentiles) entre culturas y tradiciones religiosas. No se trata de caer en el “todo vale”, ni suscitar falsos irenismos. Se trata de pensar la realidad de forma plural. Como también hemos escrito en esta revista, nadie posee en exclusividad el monopolio de la verdad; todos mantenemos nuestra perspectiva de la realidad.

Ello implica que la perspectiva interdisciplinar es imprescindible en este gran Atrio de los Gentiles que es la sociedad del siglo XXI. Pero ¿qué entendemos por interdisciplinariedad? Una experiencia concreta cumple cuarenta años: la Asociación Interdisciplinar José de Acosta, más conocida por sus siglas, ASINJA.

Durante 40 años, los socios y los amigos de la Asociación Interdisciplinar José de Acosta (ASINJA) se han reunido anualmente. Según sus Estatutos (Artículo 2) ASINJA nació con una vocación “interdisciplinar”.

Pero el hecho de habernos reunido hombres y mujeres procedentes de muy diversas disciplinas para dialogar sobre un tema visto desde diversas perspectivas, ¿nos constituye en grupo interdisciplinar? ¿Creemos que tratar sobre un tema, charlar, discutir, dialogar, escuchar críticamente nos constituye en Asociación Interdisciplinar? ¿Hemos construido conocimientos nuevos o simplemente hemos acumulado información? ¿Ha emergido algo diferente? ¿Hemos hecho interdisciplinariedad o transdisciplinariedad? ¿Emergencia o acumulación de conocimientos? ¿No habrá sido más bien confusión, mezcla de elementos que no eran homogéneos?

Desde el punto de vista epistemológico ¿hemos aceptado el pluralismo en los conocimientos? ¿Hemos practicado en el relativismo, el perspectivismo, la tolerancia? ¿Creemos que es posible la interdisciplinariedad? ¿Qué concepto de verdad estaba debajo de nuestra búsqueda? ¿Hemos soportado la diferencia en los enfoques, metodologías, perspectivas? ¿Creemos que todos los conocimientos humanos tienen el mismo rango? ¿Hemos superado el obstáculo de las dos culturas? ¿Nos situamos en la “tercera cultura” de Brockman (o en su versión española de Cultura3.0) en la que la ciencia subsume todos los demás conocimientos? ¿Hemos respetado la autonomía epistemológica de las ciencias sociales?

Repensar la interdisciplinariedad

Pero ¿qué es la interdisciplinariedad? No cabe duda de que hay multitud de sinónimos y sentidos muy diferentes. Desde luego se puede encontrar una enorme diversidad en la interpretación y definición de lo que es esta palabra. En primer lugar, es una tarea. Y además, un proyecto intelectual, una opción epistemológica.

El término interdisciplinariedad surge por primera vez en 1937 y le atribuyen su invención al sociólogo Louis Wirtz. Este texto de Carl Hempel puede ser iluminador:

“Tal vez la palabra clave sea “integración”: diversos saberes, epistemológicamente distintos, se pueden integrar sistémicamente en una unidad superior de conocimiento que supone mayor unidad. Progresivamente, el esfuerzo de muchos investigadores se dirige hacia la construcción de puentes conceptuales, metodológicos y epistemológicos que sitúan determinados aspectos del conocimiento de la realidad en niveles superiores del saber. La sistematización científica requiere el conocimiento de diversas conexiones, mediante leyes o principios teóricos, entre diferentes aspectos del mundo empírico que se caracterizan mediante conceptos científicos. Así los conceptos de la ciencia son nudos en una red de interrelaciones sistemáticas en la que las leyes y los principios teoréticos constituyen los hilos... Cuantos más hilos converjan o partan de un nudo conceptual, tanto más importante será su papel sistematizado o su alcance sistemático”. (Carl Hempel, Philosophy of natural science, Prentice-Hall, 1966 ).

Las aportaciones de la sociología del conocimiento

Este texto es suficientemente expresivo pero conviene describirlo más minuciosamente. La sociología del conocimiento es consciente que, con el transcurrir del tiempo, el propio desarrollo científico-técnico hizo que fueran surgiendo paulatinamente numerosas ramas científicas.

En general empezaron a aparecer especialistas en cada una de esas disciplinas que no eran especialistas en otras áreas de conocimiento, por lo que ciertos estudios que requerían de conocimientos en diversas áreas eran inasequibles a la mayoría de científicos especializados en una cierta área. Y ello se relaciona con la historia del esfuerzo humano para unir e integrar situaciones y aspectos que su propia práctica científica y social separan.

Demanda el conocimiento del objeto de estudio de forma integral, estimulando la elaboración de nuevos enfoques metodológicos más idóneos para la solución de los problemas, aunque su organización resulta compleja, ante la particularidad de cada disciplina científica, que posee sus propios métodos, normas y lenguajes.

Es en fin una filosofía y marco metodológico que podría caracterizar la práctica científica consistente en la búsqueda sistemática de integración de las teorías, métodos, instrumentos, y, en general, fórmulas de acción científica de diferentes disciplinas, a partir de una concepción multidimensional de los fenómenos, y del reconocimiento del carácter relativo de los enfoques científicos por separado. Es considerada una apuesta por la pluralidad de perspectivas en la base de la investigación.

Para algunos, el trabajo interdisciplinar es una postura que conlleva al desafío de superar las visiones fragmentadas y asumir una posición más radical con el objetivo de erradicar las fronteras entre las disciplinas, el trabajo interdisciplinar lleva implícito romper las barreras entre la teoría y práctica.

Por lo que la interdisciplinariedad esencialmente, consiste en un trabajo colectivo teniendo presente la interacción de las disciplinas científicas, de sus conceptos directrices, de su metodología, de sus procedimientos, de sus datos y de la organización en la enseñanza.

El pensamiento interdisciplinario

Aunque la palabra interdisciplinariedad aparece por primera vez en 1937, y su inventor es el sociólogo Louis Wirtz, la Academia Nacional de Ciencia de los Estados Unidos había empleado la expresión "cruce de disciplinas", y el Instituto de Relaciones Humanas de la Universidad de Yale había propuesto el término "demolición de las fronteras disciplinarias".

Es sorprendente comprobar que Thomas Kuhn, en su obra por lo demás capital para la sociología de la ciencia, La Estructura de las Revoluciones científicas (1962) no abordó el problema de la interdisciplinariedad, aunque sí trató el problema de la especialización.

Tampoco hay referencia alguna a la interdisciplinariedad en el libro clásico de Robert Merton sobre la sociología de la ciencia, pero Merton se interesó en este problema a partir de 1963, cuando escribió en su obra "The mosaic of the behavioral sciences" lo siguiente: "los intersticios entre las especialidades se van llenando gradualmente con especialidades interdisciplinarias" (Merton, 253). Obsérvese que Merton habla de "especialidades" y no de "disciplinas".

La aventura interdisciplinar

Hoy en día nadie puede conocer más de una sola disciplina en su totalidad. La ambición de dominar dos o más disciplinas completas es poco realista y utópica. A partir del supuesto de que es posible conocer y combinar disciplinas completas, la noción de interdisciplinariedad induce a engaño.

La dificultad de que un solo científico sea verdaderamente multidisciplinario ha movido a algunos especialistas en metodología a preconizar el trabajo de equipo. Esto es lo que propuso Pierre de Bie en la obra mencionada de la UNESCO. El trabajo de equipo es productivo en los grandes laboratorios de ciencias naturales, peo con las ciencias sociales es difícil de poner en práctica. Los únicos ejemplos de investigación en equipo que hayan tenido éxito son los relativos a la producción o la recolección de datos, y muy pocas veces ocurre lo mismo con un trabajo de interpretación o de síntesis, excepto en el campo de la arqueología.

Los grandes programas de las instituciones internacionales o nacionales consisten en general en el fomento y la coordinación de investigaciones que se consideran prioritarias. Las publicaciones resultantes llevan con frecuencia la firma de una sola persona, o a lo sumo de dos o tres, pero pocas veces más.

La historia de las ciencias sociales ofrece numerosos ejemplos de proyectos interdisciplinarios que fracasaron. Me limitaré a uno solo, la encuesta realizada en el Finistère, en Plozevet (Francia), a comienzos de los años sesenta. Era un proyecto ambicioso, que en Francia absorbió gran parte de los recursos financieros disponibles en aquella época para las ciencias sociales, y movilizó a sociólogos, demógrafos, especialistas en genética, etnólogos, psicólogos, lingüistas e historiadores.

Los organizadores de la encuesta querían que la investigación realizada en Plozevet fuera "colectiva y total". Esta encuesta interdisciplinaria no dio resultados dignos de mención, pero de todos modos la lección se aprendió, y la experiencia no se ha repetido más en Francia.

En la obra de la OCDE sobre "La interdisciplinariedad" de lee lo siguiente: "las primeras experiencias analizadas en tres países (Alemania, Francia e Inglaterra) dan una impresión general de fracaso (OCDE, 25). El capítulo de este mismo trabajo titulado "El archipiélago interdisciplinario" acaba reconociendo el "sentimiento de una simple amalgama" (idem, 71). Se habla de la interdisciplinariedad como de un concepto "epistemológicamente ingenuo" (idem, 71).

Ambigüedades de la interdisciplinariedad

El enfoque multidisciplinario es engañoso porque propugna la división de la realidad en diversos fragmentos. En algunos trabajos se procede por divisiones: enfoque filológico, antropológico, histórico, etnológico, psicológico y sociológico. Este desfile de disciplinas, que no coinciden casi nunca, permite en el mejor de los casos un paralelismo útil, pero no una síntesis.

Esto es lo que hizo el historiador de las religiones Mircea Eliade que, en su búsqueda de los dioses, movilizó a ocho disciplinas: la etnología, la filología, la lingüística, la antropología, la psicología, la historia, la sociología y la filosofía, que no convergen nunca. El autor procede a un erudito paralelismo disciplinario, pero no a una conjugación de los factores (Eliade).

En realidad, cuando se emprenden investigaciones relativas a varias disciplinas, lo que se hace es combinar segmentos de disciplinas y de especialidades, no disciplinas completas. Por ello yo prefiero la noción de hibridación, que denota la recombinación de fragmentos de ciencias.

Hoy en día la especialización a la vanguardia de la ciencia pocas veces es monodisciplinaria: "un investigador en cancerología, por ejemplo, puede tener una licencia en física, un diploma en biofísica y trabajar con inmunologistas en un centro de investigación médica, enseñar la bioquímica en una facultad de ciencias, publicar en revistas científicas o médicas…" (de Certaines, 117).

En las ciencias sociales, como en las ciencias naturales, el progreso científico se logra sobre todo en las interfaces, en los intersticios de las disciplinas. Las innovaciones más originales y fecundas resultan de la recombinación de especialidades situadas en el punto de confluencia de varias disciplinas, que no son necesariamente contiguas.

El punto de contacto fecundo se establece entre especialidades y sectores, y no paralelamente a las fronteras disciplinarias. François Kourilsky plantea el problema en sus verdaderos términos: "Entendámonos bien sobre lo que es o no es interdisciplinariedad. Si se quiere conseguir progresos, la investigación debe ser extremadamente especializada y traspasar la frontera de los conocimientos en puntos muy precisos, y con un temario estrechamente definido" (Kourilsky, 16).

Una gran biblioteca especializada, por ejemplo de bioquímica, solo abarca una pequeña parte de la química y de la biología, que coinciden en determinados puntos. Observemos lo que hacen los investigadores en esta biblioteca: se concentran en un punto preciso de la clasificación numérica de materias, que representa menos de un uno por mil de la documentación sobre el tema.

Buscan una información precisa en un sector sumamente especializado. En el mismo momento, centenares de investigadores hacen lo mismo, cada uno en su hiperespecialidad. La investigación se efectúa simultáneamente sobre centenares de puntos. Pero esos puntos no están necesariamente dispersos, sino que forman parte de un conjunto de conocimientos, conceptos, métodos, intuiciones, hipótesis y visiones.

Con frecuencia sucede, como demuestra la historia de las ciencias, que algunos de estos puntos chocan entre sí haciendo saltar chispas. En este momento, previsto o fortuito, es que se produce el descubrimiento, programado o inesperado. Estos puntos pueden situarse en sectores distintos, a veces alejados entre sí. Se habla entonces de un descubrimiento interdisciplinario. Pero, como en realidad son especialidades y no disciplinas completas las que coinciden, la noción de interdisciplinariedad debería sustituirse por la noción, más adecuada, de transespecialidad o poliespecialidad.

Pluralismo e interdisciplinariedad

No es fácil realizar un “cambio de chip” mental para pensar de otra manera. No es fácil “integrar” niveles de conocimiento diferentes. Tal vez no hemos integrado suficientemente el hecho de que desde cada disciplina se entiende de modo diverso lo que es la interdisciplinariedad. Para otros autores, la interdisciplinariedad, es una relación de reciprocidad, de mutualidad, pues ella no se enseña ni se aprende, apenas se vive, se ejerce, por eso exige una nueva pedagogía, una nueva comunicación.

El concepto de interdisciplinariedad, abarca no solo los nexos que se pueden establecer entre los sistemas de conocimientos de una disciplina y otra, sino también aquellos vínculos que se pueden crear entre los modos de actuación, formas del pensar, cualidades, valores y puntos de vista que potencian las diferentes disciplinas.

La interdisciplinariedad es la relación de cada disciplina con el objeto y entre ellas, la relación constitutiva de un objeto específico y propio de todas ellas, un ”interobjeto” que constituye un contenido sustancial en su desarrollo histórico en ciertos ámbitos científicos.

Para Wikipedia, Interdisciplinariedad es un término que expresa la cualidad de ser interdisciplinario. Un campo interdisciplinario es un campo de estudio que emerge de la sinergia de varias disciplinas que dan lugar a sistemas conceptuales nuevos que superan la mera yuxtaposición de saberes. Un campo transdisciplinario atraviesa los límites tradicionales entre varias disciplinas académicas o entre varias escuelas de pensamiento, por el surgimiento de nuevas necesidades o la elección de nuevas profesiones.

En principio, el término «interdisciplinario» se aplica en el campo pedagógico al tipo de trabajo científico que requiere metodológicamente de la colaboración de diversas y diferentes disciplinas y, en general, la colaboración de especialistas procedentes de diversas áreas tradicionales.

La interdisciplinariedad involucra grupos de investigadores, estudiantes y maestros con el objetivo de vincular e integrar muchas escuelas de pensamiento, profesiones o tecnologías, –aun con sus perspectivas específicas–, en la búsqueda de un fin común. La epidemiología del SIDA o el calentamiento global requieren comprender varias disciplinas para resolver problemas irresolutos.

Otros autores han definido la interdisciplinariedad como un conjunto de disciplinas conexas entre sí y con relaciones definidas, a fin de que sus actividades no se produzcan en forma aislada, dispersa y fraccionada.

Desde el punto de vista educativo, la interdisciplinariedad es el proceso significativo de “enriquecimiento” del currículo y de aprendizaje de sus actores que se alcanza como resultado de reconocer y desarrollar los nexos existentes entre las diferentes disciplinas de un plan de estudio por medio de todas las componentes de los sistemas didácticos de cada una de ellas.

¿Cómo proceder para desarrollar la interdisciplinariedad?

La palabra clave es “integración”. La integración es un momento de organización y estudio de los contenidos de las disciplinas, es una etapa para la interacción que solo puede ocurrir en un régimen de coparticipación, reciprocidad, mutualidad (condiciones esenciales para la efectividad de un trabajo interdisciplinar), se considera entonces la integración como una etapa necesaria para la interdisciplinariedad.

Una vía para contribuir al desarrollo de la interdisciplinariedad entre las materias es la aplicación de tareas integradoras. La tarea integradora se define como una situación problemática estructurada a través de un eje integrador el Problema científico conformado por problemas y tareas interdisciplinarias.

Su finalidad es aprender a relacionar los saberes especializados apropiados desde la disciplinariedad, mediante la conjugación de métodos de investigación científicas, la articulación de las formas de organización de la actividad. Su resultado es la formación de saberes integrados expresados en nuevas síntesis y en ideas cada vez más totales de los objetos, fenómenos y procesos de la práctica educativa y en consecuencia de comportamientos y valores inherentes a su profesión con un enfoque interdisciplinario, lo que implica un modo de actuación.



Artículo elaborado por Leandro Sequeiros, Doctor en Ciencias y Catedrático de Paleontología, Licenciado en Teología, profesor de Filosofía, Miembro de la Academia de Ciencias de Zaragoza, Coeditor de Tendencias21 de las Religiones, y Colaborador de la Cátedra Ciencia, Tecnología y Religión.

La imagen de un universo enigmático hace posible una religiosidad nueva

El Forum de la Universidad de Deusto culmina un ciclo sobre Dios y religiones en la Era de la Ciencia


A lo largo del curso académico 2013-2014 tienen lugar tres conferencias en el Forum Deusto y tres sesiones del Seminario ofrecido por la Facultad de Teología de la Universidad de Deusto, Bilbao, a todos los profesores de la universidad. Se trata del ciclo “Dios y Religiones en la Era de la Ciencia”, cuya tercera sesión presenta la imagen del hombre en la ciencia y en la fe cristiana. El teísmo y el ateísmo dogmáticos creían poseer del universo un conocimiento cierto e incuestionable que respondía a la razón natural, a la ciencia y a la filosofía. Sin embargo, en la cultura moderna, la ciencia y la filosofía han influido de forma decisiva en la conciencia de vivir en un universo enigmático que nos instala en la incertidumbre metafísica. Por Javier Monserrat.



A lo largo del curso académico 2013-2014 tienen lugar tres conferencias en el Forum Deusto y tres sesiones del Seminario ofrecido por la Facultad de Teología de la Universidad de Deusto, Bilbao, a todos los profesores de la universidad. De acuerdo con los intereses de la organización, el título general que, como ponente, he puesto a este ciclo es “Dios y Religiones en la Era de la Ciencia”.

El ciclo se desarrolla en tres sesiones, la primera, que ya tuvo lugar, los días 20-21 de noviembre de 2013; y la segunda los días 12-13 de febrero de 2014. La tercera conferencia se leerá los días dos y tres de abril de 2014. El título de la primera sesión fue “La cultura de la ciencia y la visión moderna del silencio-de-Dios”.

La segunda sesión estudió cómo y por qué la experiencia radical del silencio divino es la base argumentativa tanto del ateísmo como de la forma en que las religiones formulan la justificación de su sentido. Por último, la tercera sesión, en abril, se presenta la imagen del hombre en la ciencia y en la fe cristiana.

Ofrecemos aquí, en este artículo, un comentario a algunos de los perfiles de la temática de tercera sesión del seminario. Igualmente publicamos anteriormente en Tendencias21 un comentario con ocasión de la primera sesión, del seminario y otro comentario de la segunda sesión.

El teísmo y el ateísmo dogmáticos creían poseer del universo un conocimiento cierto e incuestionable que respondía a la razón natural, a la ciencia y a la filosofía. Sin embargo, en la cultura moderna, que incluye aspectos muy variados (sociedad, política, arte, literatura, etc.), la ciencia y la filosofía construida sobre ella han influido de forma decisiva a configurar la idea de una sociedad crítica e ilustrada, tolerante, que se funda en la conciencia de vivir en un universo enigmático que nos instala en la incertidumbre metafísica.

Todo ello ha producido en nuestro tiempo una nueva conciencia radical del verdadero alcance del silencio-de-Dios. La toma de conciencia clara y reflexiva de que Dios está realmente en silencio es el único punto de partida adecuado para entender el teísmo y el ateísmo, tal como son posibles en la cultura moderna en la Era de la Ciencia. Reasumimos ahora estas ideas, expuestas en sesiones anteriores, para reflejarlas en la idea del hombre que hoy ofrece la ciencia y su armonía con la imagen del hombre en la fe cristiana.

La imagen del universo en la Era de la Ciencia, que se forma desde los inicios de la modernidad en el siglo XVI hasta la maduración de la modernidad crítica en los dos últimos tercios del siglo XX, supone conocer con mayor precisión cómo es realmente el universo creado por Dios y, en consecuencia, ello lleva a la necesidad de emprender una nueva hermenéutica o interpretación del cristianismo en la moderna Era de la Ciencia.

La ciencia obliga a pasar de la imagen de un universo antiguo en que Dios se impone teocéntrica y teocráticamente, a un universo en que Dios se oculta para crear la libertad y la dignidad de un hombre que construye creativamente su historia. Lo mismo acontece en relación a la imagen del hombre en la Era de la Ciencia. ¿Quién es el hombre? Cuál es su naturaleza, su forma de acceder al conocimiento, a la relación con Dios y la forma en que será salvado por Dios más-allá-de-la-muerte?

El hombre ha sido creado por Dios en el universo tal como la ciencia moderna describe. La ciencia lleva inequívocamente a una imagen monista del hombre como un ser que surge de las entrañas de la materia del universo, hasta la emergencia evolutiva de las condiciones racio-emocionales propias de la especie humana. ¿Es esta imagen del hombre en la ciencia compatible con la imagen del hombre en la fe cristiana?

Comenzamos, pues, este artículo recordando aquellas ideas expuestas en las sesiones primera y segunda del ciclo para establecer el nexo lógico con el contenido de esta tercera sesión sobre el hombre en la ciencia y en la fe cristiana. a) La Era de la Ciencia presenta una nueva imagen del universo: se pasa de un universo que hace patente su Verdad (dogmatismo) a un universo enigmático que hace posible argumentar el teísmo y hace posible argumentar el ateísmo, sin imponer ni uno ni otro.

Este cambio de perspectiva, ¿hace posible entender la existencia de Dios, las religiones y el cristianismo? Ciertamente ofrece una imagen del mundo real creado por Dios que conduce a una imagen mucho más profunda y armónica de las religiones y del cristianismo. b) Pero la Era de la Ciencia ha propiciado también una nueva imagen del hombre. Se ha pasado de una imagen del hombre entendido desde el marco de la filosofía greco-romana, que era en último término dualista, el antiguo dualismo tradicional alma/cuerpo, a una imagen del hombre “monista” como un puro momento de la evolución del universo físico.

Por tanto, la nueva imagen del hombre en la ciencia, ¿es compatible con la imagen del hombre en la fe cristiana? Como vamos a ver (esta es la temática de la tercera sesión del ciclo) la nueva imagen del hombre en la Era de la Ciencia permite una nueva hermenéutica o interpretación de la imagen del hombre en la fe cristiana.

El Silencio-de-Dios, punto crucial del teísmo y del ateísmo

Las dos primeras sesiones (en noviembre y en febrero) tuvieron un enfoque más general. En la primera sesión (noviembre) explicamos que la nueva visión del universo en la ciencia y en la moderna cultura hacía posible una nueva manera de sentir el silencio-de-Dios. Al mundo antiguo construido desde una cultura dogmática, que creía poseer verdades absolutamente ciertas fundadas en la razón natural (un dogmatismo que podía ser teísta y ateo), le había sucedido, en la modernidad crítica, la conciencia de que la verdad última del universo es un enigma y por ello el hombre racional debe orientar su vida ante una incertidumbre metafísica inevitable.

Esta nueva cultura de la incertidumbre –hecha posible en la Era de la Ciencia– era la que llevaba a una nueva experiencia radical del hecho de que el posible Dios, en caso de existir, es un Dios que permanece en silencio ante el universo (ya que, aunque hay argumentos a favor de su existencia, como veíamos, en último término Dios “podría no existir”).

En la segunda sesión (febrero) partíamos del factum del silencio-de-Dios (presentado ya en la primera sesión) para mostrar primero que el ateísmo (y las correspondientes versiones del agnosticismo y del indiferentismo religioso popular moderno) son siempre una argumentación a partir del silencio-de-Dios que concluye en que no tiene justificación racional creer que Dios exista y que, por tanto, está moralmente justificado para el hombre vivir-sin-Dios-en-el-mundo. Pero, segundo, partíamos además del mismo factum del silencio-de-Dios para mostrar que está también en el fundamento de la creencia natural en Dios, de las creencias de las grandes religiones, y por descontado, del cristianismo.

Es decir, el teísmo no cierra los ojos ante la realidad, no ignora el hecho del silencio-de-Dios ni cómo este hecho obstaculiza la aceptación de Dios como real y existente. El hombre religioso siente también un inmenso malestar por el silencio-de-Dios. Pero la religiosidad humana natural y las grandes religiones se fundan en que, a pesar de su lejanía y de su silencio, existe la posibilidad de que el silencio-de-Dios tenga un “sentido” en Dios. Toda posible religiosidad, desde el interior de un universo en que Dios está en silencio, se funda, como veíamos en la aceptación de un Dios oculto y liberador, a pesar de su lejanía y de su silencio; silencio ante el conocimiento humano por el enigma del universo y silencio ante el drama de la historia por el sufrimiento.

Todo hombre religioso, a su manera, intuye pues que el silencio-de-Dios es real y no por ello deja de confiar en la salvación obrada por un ser divino; cree que existe un “sentido” que da razón del porqué del silencio del posible Dios. Por ello, las religiones habrían construido también, en sus marcos historicistas, justificaciones teológicas diversas al hecho de que Dios esté en silencio y la realidad sea tan dramática como sentimos en nuestra vida.

La religión cristiana y el silencio cósmico de Dios

Ahora bien, ¿qué entonces la religión cristiana? ¿Cómo entender su armonía con la realidad, es decir, su armonía con un universo en que Dios permanece en silencio? La religión cristiana se funda en la pretensión de que en la persona de Jesús se ha producido una manifestación en la historia del Dios verdaderamente existente y creador del universo.

Si fuera así, la revelación de Dios en Jesús (la Voz del Dios de la Revelación) debería ser, en principio, congruente con la forma de la creación y la forma de religiosidad que ésta ha hecho posible para la inmensa mayoría de los hombres que no han conocido el cristianismo, ni lo conocen (La Voz del Dios de la Creación).

El universo, en efecto, tal como vimos, sería un escenario creado por Dios para hacer que sea posible la religiosidad humana, es decir, abrirse a la creencia en un Dios oculto y liberador, si es que se está en la disposición personal de aceptar a Dios a pesar de su lejanía y de su silencio. Por tanto, si el sentido de toda posible religiosidad natural en la inmensa mayoría de los hombres –dadas las condiciones del universo creado por Dios– es siempre la aceptación del Dios oculto y liberador (este “sentido” es lo que llamábamos, en la segunda sesión, el “universal religioso”), entonces una eventual revelación del Dios de la creación debería tener relación con el plan de salvación trazado en el escenario natural del universo, obra del Dios creador, en que se manifiesta la Voz de ese Dios Creador.

Puestas así las cosas, el hecho es que la revelación cristiana muestra una esperada, pero no por ello menos sorprendente armonía con la Voz del Dios de la Creación. Es sorprendente por la extraordinaria profundidad –que incluso podríamos calificar como abismal– con que en la revelación cristiana se explicita, explica y proclama el plan de salvación dado en el eterno designio de un Dios trinitario. Un plan en profunda armonía con la naturaleza del escenario del mundo creado por ese mismo Dios para establecer su relación libre y personal con los seres humanos.

La revelación en Jesús, proclamada en el kerigma cristiano por la iglesia, nos dice que el Dios trinitario decidió emprender un plan de creación para hacer a la estirpe humana partícipe de su realidad y Vida divina (llamada a la filiación divina). Dios quería crear un hombre en su plena dignidad de persona libre en la configuración creativa de su futuro; esta libertad humana radical, sin sucedáneos, debería hacer posible incluso la negación de Dios y el pecado.

Pero, además, la creación de un orden natural en que Dios estuviera oculto, en que el hombre pudiera concebir un universo sin Dios (porque Dios no quería imponerse), y en que los hombres tuvieran un impulso natural hacia Dios porque sólo en él pudieran hallar la plenitud de la Vida, abrió la posibilidad de que el escenario de la creación fuera el de un hombre pobre, indigente, abocado a la muerte, instalado en el sufrimiento y en el drama evolutivo de la historia.

¿Tenía sentido para Dios crear un mundo de libertad humana radical que llevaría al pecado y a un mundo de sufrimiento, del que se haría responsable al mismo Dios? Este mundo y la historia humana dramática que en él acontecería una vez creado, una historia de libertad/santidad/pecado y de sufrimiento, no podía nunca exigir, por la calidad de su propia naturaleza, el ser creado por Dios. Sin embargo, el hecho es que Dios escogió en su eterno designio trinitario crear este mundo en que el pecado y el sufrimiento van a ser posibles.

El kerigma cristiano proclama que la decisión libre de Dios de crear nuestro universo y asumir la realidad del hombre santo, pero también pecador, instalado en el sufrimiento, es decir, la voluntad de Dios de aceptar una estirpe humana pecadora y sufriente, es la decisión libre que se designa como la Redención, es decir, la redención del género humano, haciendo posible el universo y la existencia del hombre en el escenario del mundo.

Las razones para la creación y el Misterio de Cristo

Ahora bien, ¿por qué Dios decidió crear este mundo de libertad y de santidad, pero también de pecado y de sufrimiento? ¿Por qué Dios decidió crear un mundo donde su existencia sería objeto de un escarnio masivo por el pecado y en que a Dios se le atribuiría la responsabilidad moral del inmenso sufrimiento de la historia? En principio, sólo cabe una respuesta inicial, en concordancia con el kerigma cristiano: porque Dios consideró que este dramático escenario del mundo iba a hacer posible niveles altamente cualitativos de la santidad humana.

Santidad que debería hacer entrar al hombre en la filiación divina. Siendo esto así, en principio, no puede ser entendida, sin embargo, la amplitud del proyecto divino para la santidad humana sin entender la verdadera amplitud del plan de Dios en la creación.

Un plan que incluía que Dios mismo emprendería la realización del Misterio de Cristo, hasta tal punto que la razón, es decir, el por qué de la creación de este universo (el por qué de la voluntad redentora del Dios trinitario en su eterno designio) fue en último término el Misterio de Cristo. Es decir, Dios quiso crear una estirpe humana que se vería enriquecida por la sorprendente y maravillosa decisión divina de emprender el Misterio de Cristo.

De ahí que la razón de la creación no sea sólo la santidad humana, sino la “santidad humana enriquecida y plenificada por el Misterio de Cristo”. Esto hace entender las expresiones de San Pablo al decir que Dios creó el universo “en” Cristo y “por” Cristo, expresiones que sintetizan el logos o sentido “cristológico” de la Creación.

Pero, ¿qué es el Misterio de Cristo? El kerigma cristiano ha entendido que el eterno designo redentor fue obra de la Trinidad, dentro de la solidaridad de la acción divina trinitaria. Pero fue la Sabiduría divina, el Verbo, la Persona trinitaria que “personificó” la voluntad redentora del Dios trinitario en su unidad de acción.

El sorprendente plan de creación contenido en el eterno designio, que conocemos por el cristianismo, incluía un compromiso casi impensable, y misterioso, mistérico, con la estirpe humana: el de unirse a ella por la Encarnación de la persona divina del Verbo, en la persona de Jesús, el Cristo o enviado por Dios para desvelar a los hombres el plan de Dios en la creación del universo. Por la Encarnación el Dios trinitario entra en la estirpe humana, pero también la estirpe humana entra dentro de la vida divina. El plan de Dios por ello no sólo incluía la filiación divina sino igualmente la hermandad con Jesús hecha posible por la encarnación.

La kénosis divina en la Creación y en el Misterio de Cristo. El desvelamiento a los hombres del eterno designio salvador de Dios concebido para la humanidad se manifiesta y se realiza a través del Misterio de Cristo en un momento de la historia del mundo. Si Dios en su plan de creación, manifiesto en la Voz del Dios de la Creación, se presenta como un Dios que se humilla por el silencio-de-Dios, primero ante el conocimiento por el enigma del universo y segundo ante el drama de la historia por el sufrimiento, así también el Dios que se manifiesta en la Encarnación es un Dios que se humilla por la kénosis de la Gloria de la Divinidad en la humildad de la carne humana.

La kénosis (Himno de San Pablo a los Filipenses) debe ser entendida en teología cristiana tanto como la humillación asumida por Dios en la Creación (kénosis en la creación) como en la Encarnación que se plenifica en el Misterio de la Muerte y Resurrección (kénosis cristológica). La kénosis o humillación de Dios en la Creación por el silencio divino, se manifiesta en armonía profunda con la kénosis de la Encarnación y la kénosis final de la Muerte y Resurrección de Cristo.

El “universal religioso” y el “cristianismo universal”

La imagen de la realidad promovida por la Era de la Ciencia, ha permitido pasar, por tanto, de una cultura de “patencia de la verdad”, que propició tanto al teísmo como al ateísmo dogmático, a una cultura de la incertidumbre en que el hombre queda confrontado con el enigma de la Verdad última del universo.

Esta incertidumbre moderna ha permitido caer en la cuenta de lo que con toda probabilidad fue intuido ya por todo hombre a lo largo de la historia (incluso a pesar de la influencia social de las culturas dogmáticas del pasado): el factum incontrovertible del silencio-de-Dios en el universo. Por ello, como se explicó en las sesiones primera y segunda de este ciclo, la religiosidad natural y todas las religiones suponen siempre el sentido de aceptar un Dios oculto y liberador, a pesar de su lejanía y de su silencio.

Ahora bien, lo que dice el Dios de la Revelación en Jesús de Nazaret es precisamente lo que manifiesta y realiza finalmente el Misterio de Cristo, en armonía con el eterno designio divino de la creación: que Dios, en la creación, ha querido pasar por el momento de su ocultamiento, por la kénosis o humillación de su Gloria tal como se muestra en la cruz, donde aparece tanto el silencio o inoperancia de Dios ante el conocimiento por el enigma del universo que deja abierta la libertad y el pecado, como el silencio e inoperancia de Dios ante el drama de la historia por el sufrimiento; pero, al mismo tiempo, el Misterio de Cristo también realiza y manifiesta que ese Dios oculto se manifestará como Dios liberador cuando por la resurrección, anticipada en la resurrección de Cristo, los hombres entren en la salvación escatológica (más allá de la muerte) que Dios ha preparado para los santos.

Por consiguiente, en la cruz se manifiesta el Misterio eterno del designio divino: el de asumir su silencio ante el Cosmos y ante el drama de la historia. Jesús, el Hijo de Dios, la persona divina del Verbo o Sabiduría trinitaria, asume en la muerte en cruz su silencio ante el universo y el sufrimiento humano universal, presente en el sufrimiento de Jesús en la cruz. Pero el sacrificio de Cristo, que asume el pecado y el sufrimiento de la historia, así como la unión de todo hombre al sacrificio de Cristo, uniéndose al Dios oculto en la cruz, asumiendo su silencio y el sufrimiento, conducen finalmente a la liberación más allá de la muerte.

Por ello, entre el “universal religioso” y el cristianismo existe una profunda unidad de sentido. Cualquier hombre en el mundo, al ser libremente religioso, acepta la creencia en Dios porque admite el sentido de creer en un Dios oculto y liberador, a pesar de su lejanía y de su silencio. Los cristianos, a saber, quienes se han adherido a las palabras y a los hechos de Jesús de Nazaret, que se muestran en plenitud en el Misterio de su Muerte y Resurrección, al aceptar el mensaje de Jesús no hacen sino aceptar de una forma abismalmente más profunda lo que constituye la esencia misma del “universal religioso”.

Este Misterio no nos dice otra cosa, en efecto, que es real y existente el Dios que quiere permanecer oculto ante el conocimiento y ante el sufrimiento (la cruz), pero que ese Dios alberga un plan de liberación final de la historia (la resurrección). Es decir, cuando aquellos hombres religiosos, que no han conocido históricamente el cristianismo, lo son es porque implícitamente aceptan la cruz de Cristo al aceptar al Dios oculto y sufriente, y aceptan también igualmente la resurrección en la esperanza escatológica de la liberación.

De ahí que tenga sentido afirmar la unidad del fenómeno religioso universal, siempre mediado por el logos del Dios oculto y liberador, de tal manera que el “universal religioso” tiene su expresión suprema en el “cristianismo universal” que proclama que toda relación del hombre con Dios está mediada por la aceptación del Misterio de Cristo, implícitamente dado en el logos natural del Dios oculto y liberador.

El hombre, cuestión crucial para ciencia y fe cristiana

La gran cuestión del hombre ha estado presente desde el principio como protagonista esencial de las dos primeras sesiones del ciclo. El hombre es una cuestión crucial que nos afecta en lo más íntimo y no nos deja nunca indiferentes. ¿Quién es el hombre? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Cuál es su ontología profunda, su modo de ser real en el marco del universo? ¿Existe el alma en el sentido tradicional? ¿Qué es lo que verdaderamente debe afirmarse del hombre en el kerigma cristiano? ¿Cómo se realiza la salvación más allá de la muerte?

Estas son ciertamente preguntas cruciales que necesitan una aclaración que nos permita instalarnos con armonía, racionalidad y congruencia dentro de la fe cristiana. Ciertamente, sin aclarar estas cuestiones no podemos hablar de un entendimiento suficiente del lugar de la idea de Dios, del hombre y de las religiones en la Era de la Ciencia.

El punto de vista que hemos venido defendiendo en las dos sesiones iniciales del ciclo ha sido que el kerigma cristiano necesita una hermenéutica o interpretación (una búsqueda de armonía con la Voz del Dios de la Creación), de acuerdo con la imagen de la realidad en cada época. Nuestra tesis fundamental ha sido que, frente al mundo antiguo, la imagen del universo en la Era de la Ciencia, que se forma desde los inicios de la modernidad en el siglo XVI hasta la maduración de la modernidad crítica en los dos últimos tercios del siglo XX, supone conocer con mayor precisión cómo es realmente el universo creado por Dios y, en consecuencia, ello lleva a la necesidad de emprender una nueva hermenéutica o interpretación del cristianismo en la moderna Era de la Ciencia.

La ciencia, como acabamos de comentar, nos obliga a pasar de un universo en que Dios se impone teocéntrica y teocráticamente, a un universo en que Dios se oculta para crear la libertad y la dignidad de un hombre que construye creativamente su historia. Lo mismo acontece en relación a la imagen del hombre en la Era de la Ciencia. ¿Quién es el hombre? Cuál es su naturaleza, su forma de acceder al conocimiento y a la relación con Dios y la forma en que será salvado por Dios más-allá-de-la-muerte?

Por tanto, ¿quién es el hombre? Nuestra tesis es que el hombre ha sido creado por Dios en el universo tal como la ciencia moderna describe. La ciencia no ha llegado al final de los conocimientos, pero muestra ya con toda seguridad una línea armónica de conocimiento que lleva inequívocamente a una imagen monista del hombre como un ser que surge de las entrañas de la materia del universo, formado evolutivamente hasta la aparición de la sensibilidad-conciencia (común con el mundo animal) y, finalmente, hasta la emergencia evolutiva de las condiciones racio-emocionales propias de la especie humana. ¿Es esta imagen del hombre compatible con la imagen del hombre en la fe cristiana?

La imagen del hombre en la ciencia y la fe cristiana

La idea del hombre en la fe cristiana ha estado durante siglos y siglos bajo influencia del paradigma greco-romano. En un marco dualista, se entendió que el hombre era un compuesto de alma y cuerpo. El alma era una entidad inmortal por su propia naturaleza que, al producirse la muerte como separación de alma y cuerpo, entraba en la dimensión transcendente de la vida eterna. Esta manera de pensar “dualista” tuvo su origen en Platón y Aristóteles (hilemorfismo), pasando a la patrística (sobre todo en los neoplatonismos) y a los sistemas escolásticos.

La “idea” platónica o la “forma” aristotélica recogían el “ser” de Parménides que era lo que era y no podía dejar de ser. Santo Tomás distinguió entre las formas corruptibles (por ser compuestas) y la forma simple, el alma humana, que era inmortal por su propia naturaleza. Bástenos pues recordar que el “dualismo” fue una de las características del paradigma greco-romano. La cultura hebrea (como se ve hoy sin duda en los estudios de antropología hebrea) no era dualista: el hombre era una unidad viviente y la vida brotaba del cuerpo.

Pero el dualismo greco-romano, que dominaba la cultura inicial en que nació el cristianismo, forzó pronto, desde la patrística, construir una hermenéutica filosófico-teológica cristiana que ya era inequívocamente dualista. Este dualismo dominante de la filosofía y de la teología cristiana (no del kerigma, sino de la hermenéutica) se transmitió a la vivencia popular de la fe.

Incluso hoy, en nuestro tiempo, la mayor parte de los cristianos tienen la idea de la existencia en todos los hombres de un “alma inmortal” por su propia naturaleza ontológica que es lo que perdura más allá de la muerte. Tal como aproximadamente concibe la imaginación popular, en la muerte se produciría como la exhalación de esa entidad simple que, sin morir, entraría en una nueva dimensión (es lo que suele apuntarse en la expresión cristiana popular “exhaló el espíritu”).

Esta idea ha pasado al arte cristiano donde se ha pintado la separación del alma tras la muerte en forma de angelitos, llamas o palomas que se escapan de la materia y entran en el más allá. El alma es espiritual y simple, irreductible por su propia naturaleza al mundo de la materia que causa la entidad corporal que se corrompe y deshace tras la muerte. La muerte no es muerte del alma, sino la separación de alma y cuerpo, siendo éste objeto de corrupción.

Contradicción entre la idea de alma inmortal y la ciencia

Como hemos tenido ocasión de explicar en el epígrafe anterior, para la ciencia, cuando el hombre muere, muere en su totalidad. Es decir, la ciencia no tiene fundamento alguno para considerar que en el hombre exista algo similar a lo que la fe cristiana ha entendido como alma, en un contexto dualista. La vida psíquica de los animales (sus sistemas sensitivo-perceptivos, su conocimiento, sus emociones, y todos los procesos protohumanos complejos que anticipan la mente humana) resultan de los procesos engramáticos de las redes neurales (redes, mapas, circuitos, cánones, pautas… neurales).

En el hombre todo sucede de una forma similar a la mente animal, pero en los niveles de complejidad neural que causan la aparición del estado racio-emocional propio de la mente humana y su estructura psíquica. La biografía del hombre y sus obras en la historia se explican por las funciones que ha producido el sistema nervioso. En este contexto, como pasa con los animales, la muerte del hombre es la muerte de todo el hombre. La ciencia no tiene argumentos naturales, asequibles a la razón científico-filosófica, que lleven a pensar que exista algo más en el hombre. Esto es un hecho.

Es explicable que esta visión del hombre en la ciencia entre en contradicción con la imagen popular cristiana del alma. El dualismo y la idea de “alma inmortal” es una imagen tan arraigada (incluso de una forma emocional y vital) tanto en filósofos y teólogos (y sacerdotes con una formación intelectual muy elemental) como en la piedad popular de la mayoría de los fieles, que es explicable que lo dicho por la ciencia se vea como materialismo, impiedad, agresividad.

Basta sospechar que una persona duda, o pone en cuestión, una creencia tan arraigada para que se la descalifique y se la margine de mil maneras en ciertos círculos cristianos. Cabría decir que la creencia en el “alma” es sólo una fe que la ciencia no tiene por qué conocer.

Pero el problema es que la existencia del alma ha sido siempre, en el paradigma greco-romano, una afirmación filosófica, y esto ha traslucido a la idea popular del alma. Muchos científicos, sobre todo filósofos, psicólogos y neurólogos, conocen la afirmación cristiana del “alma” como hecho histórico objetivo propio de la tradición cristiana y ello es ocasión para comprobar y denunciar que el mundo cristiano se mueve fuera de la racionalidad y de la ciencia. Muchas de las incompatibilidades entre ciencia y fe se deben a la idea del alma. No son pocos los científicos que tienen en la idea cristiana de alma una ocasión de burla y escarnio de las creencias cristianas.

Es claro que esta contradicción, al menos aparente y con presencia social, hace que debamos preguntarnos, ¿es en efecto la imagen del hombre en la ciencia contradictoria con la imagen del hombre en la fe cristiana? Creemos que no es contradictoria. Pero, para entenderlo, debemos aclarar algunos extremos que deben llevarnos a una comprensión precisa de lo que queremos decir.

1) La fe cristiana no implica una idea científico-filosófica del hombre

Debe establecerse en primer lugar que el kerigma cristiano no contiene una idea del hombre ni cultural, ni filosófica, ni científica. La cultura hebrea tenía una cierta antropología no muy trabajada filosóficamente, pero que no era dualista. Esta antropología dejó su huella en la biblia, pero la creencia en la inspiración de las Escrituras, del AT y del NT, no supone considerar que la antropología hebrea estaba “inspirada”. Más adelante, la hermenéutica del cristianismo en la cultura greco-romana llevó al dualismo del paradigma antiguo que tuvo como resultado la idea de alma que hemos comentado.

Pero debemos entender que la idea de alma dualista no era “kerigma cristiano”, sino hermenéutica condicionada por el tiempo. Por consiguiente, la idea cristiana del hombre no exige necesariamente la identificación con la antropología dualista antigua. La formación de la idea del hombre en la modernidad estuvo determinada por la ciencia y, en especial, por la neurología evolutiva, llevando a las consecuencias expuestas. Es también evidente que la idea cristiana del hombre tampoco se identifica con la idea del hombre en la ciencia moderna. Por consiguiente, ¿cuál es entonces la idea del hombre en la fe cristiana?

2) El hombre en el kerigma cristiano

El hombre es un ser situado en el mundo cuya naturaleza racio-emocional le hace estar abierto al conocimiento del posible Dios y ser posible sujeto de una apelación divina. El cristianismo afirma que la incipiente llamada de Dios al hombre en la creación (testimonio del Padre) y en el sentido del Dios oculto y liberador (testimonio del Hijo, del Verbo, del Misterio de Cristo) han culminado en la llamada interior del Espíritu de Dios en el “espíritu” humano (testimonio del Espíritu Santo). Cuando el hombre responde positivamente a esta llamada es religioso y entra en la vía de la “santidad”.

El hombre, al ser religioso, vive esta llamada del Espíritu que, al ser una llamada, mueve a confiar en que no será “en falso”, sino que Dios será fiel a una llamada que no podrá cumplirse sino tras la muerte. La esperanza cristiana en una pervivencia más allá de la muerte es, pues, una consecuencia de la vivencia de una llamada del Espíritu que proyecta a la salvación en que Dios se compromete por su llamada en la Creación, en la palabra de Jesús y en la apelación interior del Espíritu. Es la confianza en la fidelidad de un Dios que llama y apela interiormente de una forma directa que se vive en la fe religiosa.

3) El hombre objeto de la apelación divina

Ahora bien, el hombre y el mundo, objeto de la apelación divina, no son necesariamente el hombre y el mundo de la cultura hebrea; no son el hombre y el mundo de la antropología dualista del paradigma greco-romano; no son el hombre y el mundo de la ciencia moderna. ¿Cómo son el hombre y el mundo? En realidad, la idea cristiana del hombre está abierta. En principio cómo son el hombre y el mundo se manifiesta en la obra de la creación y ésta es conocida por la razón, por la ciencia y la filosofía, de acuerdo con el avance del conocimiento.

Por tanto, si la ciencia y la filosofía entienden que el hombre es como se ha descrito antes y que no cabe pensar que exista un alma que, por su propio modo de ser espiritual y simple, en el marco de una antropología dualista antigua, sea inmortal, cabe pensar entonces que el hombre es como la ciencia moderna entiende. No hay otra vía sensata.

Se debe admitir que el hombre ha sido querido y creado por Dios tal como la razón humana entiende en este momento de la historia. No tiene sentido seguir aferrados a una manera de entender el hombre superada por la ciencia moderna porque la apelación divina al hombre, la respuesta e historia religiosa de la persona humana, la salvación y la pervivencia más allá de la muerte, pueden entenderse cristianamente sin necesidad de recurrir a un alma inmortal por naturaleza, que no muere (tal como se entendía en el paradigma antiguo). Todo parece indicar hoy que el hombre muere en su totalidad, pero la persona humana configurada en la historia de su relación con Dios, la parte superior del hombre (que podemos seguir llamando “alma”, con tal que no le demos un sentido dualista), será salvada por Dios.

4) La llamada salvadora del Espíritu se cumplirá en la Nueva Creación

Por tanto, el ser humano es la historia de la vivencia personal de su Yo, sus conocimientos, sus emociones, sus decisiones libres, incluso en parte su esclavitud del determinismo neural, sus trabajos, su vida interior, sus pensamientos, sus relaciones interpersonales, sus amores, sus sufrimientos, su vivencia del dramatismo de la historia, el camino hacia Dios a lo largo de la vida, sus decisiones y vivencias religiosas, el diálogo mistérico con Dios a lo largo de los años… Ese conjunto de experiencias de la biografía del Yo constituye la parte superior del hombre, su “espíritu”: podemos decir incluso que el hombre, a lo largo de su vida ha configurado su “alma personal”, hecha a partir de las posibilidades de su biología neurológica específica, creada y querida por Dios.

Esa alma humana que recibe la llamada o apelación del Espíritu de Dios confía en la salvación y pervivencia más allá de la muerte no porque el alma no muera por su ontología física, sino porque Dios, en la Nueva Creación prometida, emprenderá la recreación de nuestra alma personal. Ya el mismo san Pablo, al referirse a la esperanza cristiana de la vida eterna, se refiere siempre a ella en términos de resurrección, de la re-creación hecha por Dios de nuestro cuerpo ya inmortal en la Nueva Creación. Sin resurrección no habría esperanza de salvación.

Incluso para la teología antigua, ya que las almas sin el cuerpo no tenían individualidad personal, debía esperarse igualmente la re-creación de un nuevo cuerpo inmortal hecha por Dios. En la liturgia cristiana hay formulaciones (que provienen de san Agustín) que pueden interpretarse en el sentido que explicamos: “aunque la certeza de morir nos entristece…”, ya que la muerte de nuestra entidad humana es cierta, sin embargo, “nos consuela la esperanza de una futura inmortalidad”, ya que la inmortalidad en que el hombre puede confiar por la fe no es una inmortalidad natural debida a una “indestructibilidad físico-ontológica de un alma aristotélica” sino la inmortalidad re-creada por Dios en la Nueva Jerusalén Celestial.

Esta creencia en la omnipotencia divina para re-crear el yo personal de cada uno en un nuevo cuerpo inmortal, es una creencia, una persuasión fundada en la fe y envuelta en un profundo misterio. ¿Cómo crea Dios el universo? ¿Cómo se relaciona la ontología del universo con la ontología de Dios? Todo esto y otras muchísimas cosas no las conocemos.

El ateo tampoco puede responder muchas de las preguntas acerca de la existencia de un puro universo. El hombre vive en el misterio, y uno de los misterios de la fe es cómo la omnipotencia divina será capaz de re-crear nuestro yo personal de una forma más rica y potente que en la tierra. Pero la creencia esperanzada de que el Dios que ha sido capaz de crear el universo vaya a ser también capaz de emprender una Nueva Creación donde salve también la personalidad de todos los hombres, no es sino una forma lógica de admitir la omnipotencia divina.

Conclusión

Por consiguiente, la única actitud que tiene sentido para la filosofía y la teología cristiana es entender que el mundo ha sido creado por Dios tal como la ciencia y la filosofía moderna entienden, hasta este momento de la historia, con rigor y honestidad.

No tendría sentido, ni sería culturalmente posible, enrrocarse en una visión antigua y anacrónica de las cosas que sólo acabaría conduciendo a la marginación intelectual de la fe cristiana en el mundo moderno y a dificultar innecesariamente la proclamación del kerigma cristiano. Hay que admitir que el universo ha sido creado por Dios en la forma que la ciencia describe. Ahora bien, la imagen del hombre y del mundo en la ciencia moderna es perfectamente compatible con la imagen esencial del hombre en la fe cristiana, un hombre apelado por Dios en el Espíritu y llamado a la salvación.

El “alma” humana es “inmortal” no porque esté constituida por una ontología “indestructible” o “inmortal” por su naturaleza, de acuerdo con la imagen dualista que dominó el mundo cristiano durante siglos, sino porque Dios será fiel a su llamada y la recreará en la Nueva Creación, donde perdurará ya sin morir.

El cristiano no sabe cómo es Dios, cómo ha creado el universo, cómo es la ontología profunda de la materia, de los seres vivos y del hombre. Creer en la pervivencia más allá de la muerte que dará principio a un estado nuevo de inmortalidad no supone saber racional, científico, filosóficamente, es la respuesta a la apelación divina y a la fidelidad a la promesa de liberación final que esta apelación lleva consigo.

Pensemos que el universo enigmático en que vivimos nos sitúa en una profunda incertidumbre metafísica. El ateísmo es posible, intelectualmente construible y aceptable con una moralidad natural incuestionable. Pero el ateísmo, sin duda, legítima opción de la libertad humana, no puede impedir en la actualidad –sin caer en un dogmatismo arcaico hoy fuera de la sensibilidad de nuestro tiempo– que el teísmo, las religiones y el cristianismo presenten los argumentos que hacen su visión religiosa del universo como una forma viable de entender la verdad última y el sentido de la vida.

Una manera de ver las cosas, absolutamente mayoritaria en la historia de la humanidad, que no trata de imponerse necesariamente. Pero que intenta mostrar con toda legitimidad los argumentos que la hacen viable. Por ello argumentan que, en la Era de la Ciencia, la imagen de un universo enigmático y en incertidumbre hace posible una religiosidad nueva y más profunda, de la misma manera que argumentan también que la imagen del hombre en el universo evolutivo hace posible una nueva manera de entender la confianza religiosa en una pervivencia inmortal más allá de la muerte.



Artículo elaborado por Javier Monserrat, Universidad Autónoma de Madrid, Cátedra CTR de la Universidad Comillas-Madrid, y co-editor de Tendencias21 de las Religiones.