La moral es innata y su existencia es anterior a las propias religiones.
Esta columna la escribo desde
Albany,
la capital del Estado de Nueva York, en Estados Unidos –que, en contra
de lo que se pudiera pensar, no es Nueva York, una ciudad mucho más
conocida y visitada–. Allí tuve la oportunidad de conversar con
representantes de las tribus indias que los españoles llamaron navajos y
lakotas.
Una madre navajo con su hijo (imagen: Wikipedia).
Las costumbres indias disuadían enérgicamente a los miembros de la
tribu de que el bebé tuviera otro hermanito antes de transcurridos seis
años, una costumbre positiva según una minuciosa y larga investigación
efectuada por científicos británicos.
Las intervenciones de estos últimos fueron las que más me
interesaron. Fue mi segunda sorpresa: me quedé fascinado al descubrir de
la boca de Águila Brava –Wanbli Oitika es su nombre original–, y de la
elegante Gallo de la Pradera –Cio, para los miembros de su tribu–, que
sus tradiciones milenarias habían anticipado varios de los
descubrimientos científicos
más recientes. En la tradición de la tribu de Águila Brava –marcada por
la gestión matriarcal– se evitaba cualquier conflicto de la pareja con
la madre política considerando, simplemente, que el hombre de la casa no
superaba nunca los 12 años de edad, con lo que la ignorancia y el
ninguneo del yerno por parte de la suegra –que nunca aceptaba que el
marido de su hija la superara a esta última en dones– quedaban
plenamente justificados.
Ahora bien, la sorpresa viene de haber comprobado hace muy poco
tiempo que la especie humana es la única conocida en la que el macho
conserva a lo largo de toda su vida un nivel de infantilismo mucho mayor
que el de la hembra. Los machos nunca dejan del todo la niñez, como
muestran su comportamiento, sus juegos y sus pasatiempos. La hembra, es
cierto, se comporta también como una niña –de la misma manera que los
varones se comportan como niños durante la infancia–, pero muy pronto se
olvidan de la infancia para siempre.
¿Cómo es posible que la cultura heredada de los navajos y lakotas
hubiera asimilado en sus conductas familiares lo que la ciencia
acaba de comprobar
ahora? Es decir, que los varones –al contrario que las hembras–, se
comportan como si tuvieran 12 años toda la vida. ¿Cómo supieron cimentar
siglos atrás su derecho matrimonial sobre un hecho que la ciencia acaba
de perfilar ahora por la boca de científicos como
Desmond Morris?
Hay más, hay mucho más. No me podía creer lo que estaba escuchando
cuando Águila Brava nos explicaba al grupo de curiosos que con él
charlábamos la importancia que concedían sus antepasados a los niños
recién llegados al mundo: “Tan es así –prosiguió Wanbli Chiquita– que
las costumbres indias disuadían enérgicamente a los miembros de la tribu
de que el bebé tuviera otro hermanito antes de transcurridos seis
años”. Lo que se quería evitar es que el primero viera limitado el
acceso a los escasos recursos disponibles por la llegada demasiado
precipitada de un segundo hermano. A los indios navajos ni siquiera se
les pasaba por la cabeza el tan manoseado argumento de que todo el mundo
necesita un hermanito para socializar y cuanto antes, mejor.
Lo fascinante de esta tradición legendaria de muchas tribus indias es
que una minuciosa y larga investigación efectuada por científicos
británicos ha comprobado que, efectivamente, cuando al primer hijo lo
premian los padres con un hermano antes de que haya transcurrido un
tiempo razonable desde su nacimiento, el primero se comporta peor que el
promedio cuando llega a la pubertad. Los recursos son limitados y el
acceso de alguien más al afecto y al consumo puede ser considerado como
una competencia desleal o injustificada.
El recién llegado cuestiona la supervivencia del que ya estaba, en
lugar de facilitar su sociabilidad. Los indios de las tribus navajo y
lakota lo sabían antes de que se lo demostraran los científicos.
- See more at: http://www.eduardpunset.es/195/general/la-sabiduria-de-las-tribus-navajos-y-lakotas#sthash.2boSJaHU.dpuf
Hablando con Águila Braba -Wanbli Oitika- y la tribu de los navajos y lakotas descubrimos que estos anticiparon uno de los descubrimientos científicos más recientes: la importancia que sus antepasados concedían a los niños recién llegados al mundo. "Tanto es así que las costumbres indias disuadían a los miembros de la tribu de que el bebé tuviera otro hermano antes de transcurridos seis años." Lo que se quería evitar es que el primero viera limitado el acceso a los escasos recursos disponibles por la llegada demasiado precipitada de un segundo hermano. A los navajos ni siquiera se les pasaba por la cabeza el tan manoseado argumento de que todo el mundo necesita un hermanito para socializar, cuanto antes, mejor.
¿Qué resortes internos activan esos comportamientos en detrimento de la propia supervivencia y comodidad?
Existe con toda seguridad una moral innata en los humanos, al margen y con anterioridad al propio desarrollo de las religiones.Marc Hauser acaba de sugerir y demostrar que nacemos con una especie de moral, con unos principios universales: "Lo que estoy diciendo no es que la gente no tenga que creer en la religión, sino más bien que las principales fuentes de nuestros juicios morales no proceden de la religión", asevera. La religión no es un prerrequisito de la moral.
EDUARDO PUNSET.
EL VIAJE AL PODER DE LA MENTE.
Una
madre navajo con su hijo (imagen: Wikipedia). Las costumbres indias
disuadían enérgicamente a los miembros de la tribu de que el bebé
tuviera otro hermanito antes de transcurridos seis años, una costumbre
positiva según una minuciosa y larga investigación efectuada por
científicos británicos. - See more at:
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Esta columna la escribo desde
Albany,
la capital del Estado de Nueva York, en Estados Unidos –que, en contra
de lo que se pudiera pensar, no es Nueva York, una ciudad mucho más
conocida y visitada–. Allí tuve la oportunidad de conversar con
representantes de las tribus indias que los españoles llamaron navajos y
lakotas.
Una madre navajo con su hijo (imagen: Wikipedia).
Las costumbres indias disuadían enérgicamente a los miembros de la
tribu de que el bebé tuviera otro hermanito antes de transcurridos seis
años, una costumbre positiva según una minuciosa y larga investigación
efectuada por científicos británicos.
Las intervenciones de estos últimos fueron las que más me
interesaron. Fue mi segunda sorpresa: me quedé fascinado al descubrir de
la boca de Águila Brava –Wanbli Oitika es su nombre original–, y de la
elegante Gallo de la Pradera –Cio, para los miembros de su tribu–, que
sus tradiciones milenarias habían anticipado varios de los
descubrimientos científicos
más recientes. En la tradición de la tribu de Águila Brava –marcada por
la gestión matriarcal– se evitaba cualquier conflicto de la pareja con
la madre política considerando, simplemente, que el hombre de la casa no
superaba nunca los 12 años de edad, con lo que la ignorancia y el
ninguneo del yerno por parte de la suegra –que nunca aceptaba que el
marido de su hija la superara a esta última en dones– quedaban
plenamente justificados.
Ahora bien, la sorpresa viene de haber comprobado hace muy poco
tiempo que la especie humana es la única conocida en la que el macho
conserva a lo largo de toda su vida un nivel de infantilismo mucho mayor
que el de la hembra. Los machos nunca dejan del todo la niñez, como
muestran su comportamiento, sus juegos y sus pasatiempos. La hembra, es
cierto, se comporta también como una niña –de la misma manera que los
varones se comportan como niños durante la infancia–, pero muy pronto se
olvidan de la infancia para siempre.
¿Cómo es posible que la cultura heredada de los navajos y lakotas
hubiera asimilado en sus conductas familiares lo que la ciencia
acaba de comprobar
ahora? Es decir, que los varones –al contrario que las hembras–, se
comportan como si tuvieran 12 años toda la vida. ¿Cómo supieron cimentar
siglos atrás su derecho matrimonial sobre un hecho que la ciencia acaba
de perfilar ahora por la boca de científicos como
Desmond Morris?
Hay más, hay mucho más. No me podía creer lo que estaba escuchando
cuando Águila Brava nos explicaba al grupo de curiosos que con él
charlábamos la importancia que concedían sus antepasados a los niños
recién llegados al mundo: “Tan es así –prosiguió Wanbli Chiquita– que
las costumbres indias disuadían enérgicamente a los miembros de la tribu
de que el bebé tuviera otro hermanito antes de transcurridos seis
años”. Lo que se quería evitar es que el primero viera limitado el
acceso a los escasos recursos disponibles por la llegada demasiado
precipitada de un segundo hermano. A los indios navajos ni siquiera se
les pasaba por la cabeza el tan manoseado argumento de que todo el mundo
necesita un hermanito para socializar y cuanto antes, mejor.
Lo fascinante de esta tradición legendaria de muchas tribus indias es
que una minuciosa y larga investigación efectuada por científicos
británicos ha comprobado que, efectivamente, cuando al primer hijo lo
premian los padres con un hermano antes de que haya transcurrido un
tiempo razonable desde su nacimiento, el primero se comporta peor que el
promedio cuando llega a la pubertad. Los recursos son limitados y el
acceso de alguien más al afecto y al consumo puede ser considerado como
una competencia desleal o injustificada.
El recién llegado cuestiona la supervivencia del que ya estaba, en
lugar de facilitar su sociabilidad. Los indios de las tribus navajo y
lakota lo sabían antes de que se lo demostraran los científicos.
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